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 El lado Humano - Curiosidades, Miscelánea
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 La Medicina en los Guiones Radiofónicos
Título de la obra:  Estampas y Sainetes.
Autor: 
A. Calderón y E. Vázquez.
Guiones radiofónicos para la cadena SER.  Hacia 1950.
Autor de la reseña: Asclepio. Médico de Familia.
 

Y, en efecto, no tardó mucho. A las diez y cuarto de la noche pulsaba don Ruperto el timbre de la puerta.

Era don Ruperto un hombre de edad indefinida. Lo mismo podía tener cincuenta y dos años que sesenta y tres. La dificultad de poder concretar su edad, sin acudir a su tarjeta de identidad, consistía en que el observador no podía llegar al rostro del doctor sin previamente salvar el laberinto de arrugas que lo ocultaban. El trabajo de don Ruperto era francamente agotador. Pertenecía a tres sociedades con un número considerable de asociados, especialmente la que atendía a una zona del extrarradio. Cuando Elisa abrió la puerta, don Ruperto presentaba el aspecto de una momia bien conservada. Con esa seguridad que da la costumbre, dejó el sombrero sobre el perchero, tosió insistentemente y preguntó con un hilo de voz.

DON RUPERTO.- ¿Quién es el enfermo?

ELISA.- MI marido, don Ruperto. Pase, pase usted. Estaba muy intranquila.

Don Ruperto siguió a Elisa con la poquísima velocidad que le prestaban sus entumecidas piernas. Ya junto al enfermo, le preguntó:

DON RUPERTO.- ¿Qué pasa, hombre, qué pasa?

ELISA.- Ha venido malísimo de la oficina y le he tenido que acostar.

DON RUPERTO.- Cuéntame, cuéntame.

JOAQUÍN.- Pues nada; que estaba archivando unos expedientes en el fichero, cuando, de pronto, ¡zas!, una punzada en este lado que me dejó sin respiración.

DON RUPERTO.- ¿A ver ese pulso?

Don Ruperto cogió el brazo de Joaquín y le puso el dedo pulgar, a la altura de la muñeca. Trató de contar las pulsaciones del enfermo, pero cuando no llevaba nada más que cinco, sufrió tan terrible ataque de tos que tuvo que abandonar su tarea para buscar, deprisa y corriendo, un pañuelo, cubrióse con él la boca y tosió hasta reventar.

JOAQUÍN.- ¡Vaya un catarro que tiene usted, don Ruperto!

ELISA.- Me da mucha pena oírle toser.

DON RUPERTO.- (Ahogándose.) No tiene importancia. Pasará pronto.

ELISA.- Siéntese usted, don Ruperto. No sé que me da verle de pie y tosiendo de esa manera.

DON RUPERTO.- ¡Ay, hija, estoy que no me tengo! Si no fuera porque os aprecio mucho, no habría venido a estás horas.

Don Ruperto volvió a coger la muñeca de Joaquín, pero la soltó enseguida ante la inminencia de otro violentísimo ataque de tos.

JOAQUÍN.- No me haga nada si no puede, don Ruperto.

DON RUPERTO.- Perdona, hijo. Te pondré el termómetro por si vuelvo a toser.

ELISA.- Mucho trabajo, ¿verdad don Ruperto?

DON RUPERTO.- ¡No os lo podéis figurar! Desde que me he quedado con las tres sociedades...

JOAQUÍN.- Es mucho, ¿verdad?

DON RUPERTO.- Como no tenéis idea... ¡Ay! ¡Ay mi madre! Me acaba de dar un pinchazo en la cabeza como si me hubiesen clavado un clavo.

JOAQUÍN.-(Alarmado.) Tiene usted que cuidarse, don Ruperto; tiene usted que cuidarse.

DON RUPERTO.- ¿Y cómo? ¿Sabéis la cantidad de enfermos que tengo? Si os lo digo, os quedáis de piedra. Y menos mal que no son casos graves. En eso, tengo suerte.

Don Ruperto se introdujo la mano derecha por la abertura de la camisa mientras disimulaba un gesto de dolor.

JOAQUÍN.- ¿Y a mí? ¿Qué tal me encuentra a mí?

DON RUPERTO.- Veamos ese termómetro. Después de una pausa y casi con lágrimas en los ojos: ¡Bah, treinta y siete! Eso no es fiebre, chico, eso no es fiebre.

Una nueva sacudida conmovió el cuerpo de don Ruperto. El termómetro cayó al suelo y se hizo pedazos.

ELISA.- Me está usted poniendo nerviosa, don Ruperto.

JOAQUÍN.- Esa tos, esa tos no me gusta nada. ¿Quiere usted una pastilla, don Ruperto?

DON RUPERTO.- Eso no sirve para nada. Ensucia el estómago.

Don Ruperto se quedó sorprendentemente lívido. Dio otro grito y se llevó las manos al pie derecho.

ELISA.- ¡El pinchazo!

DON RUPERTO.--Ahora ha sido en un pie. ¡Y qué molesto! ¡¡Qué molesto!!

ELISA.- ¡Quítese, quítese usted el zapato!

JOAQUÍN.-Y déjelo sobre esa silla. Póngase cómodo. don Ruperto.

DON RUPERTO.- ¡Qué felicidad! ¡Qué bien se está aquí! Si viérais, la de escaleras que he tenido que subir hoy...

ELISA.- Olvídelo. Si no tiene prisa, aquí puede descansar.

DON RUPERTO.- ¡Qué más quisiera yo!

JOAQUÍN.- Entonces, ¿usted cree, don Ruperto, que me podré levantar mañana?

DON RUPERTO.- Desde luego; no vayas a la oficina, pero puedes hacer la vida normal. Te levantas un poco tarde, comes lo que quieras, y pasado mañana nuevo.

Al llegar a este punto, el semblante de don Ruperto fue tomando unos tintes tan sombríos, que al propio Valdés Leal le habrían parecido tétricos.

ELISA.- Que pena me da verle, don Ruperto. Ahora mismo le voy a preparar una tacita de caldo.

DON RUPERTO.- Déjalo, Elisa, no te molestes.

ELISA.- Ya lo creo que se la preparo. Pues no faltaría más.

Al salir Elisa, Joaquín, preocupado, trató de distraer a don Ruperto.

JOAQUÍN.- Yo le envidio a usted. No cabe duda de que para ser médico se necesita una gran vocación.

DON RUPERTO.- No lo sabes bien, hijo mío. ¡Si vieras qué dolor de cabeza tengo en este momento!

JOAQUÍN.- ¿Por qué no se toma esta aspirina?. A mí no me hace falta.

DON RUPERTO.- No; prefiero tomarla de madrugada.

Elisa entró con un tazón humeante en las manos.

ELISA.- No sé si le gustará a usted. Es que ha sobrado un poquito de sopa y se la he calentado de nuevo. Tiene gallina.

DON RUPERTO.- Pero, Elisa, ¿por qué...?

ELISA.- Ande, ande; pruebe el caldito.

DON RUPERTO.-(Sorbiendo y relamiéndose.)¡Qué cosa más rica! ¡Y qué calentita!

Si no hubiera sido por la rapidez con que Elisa sujetó la taza, ésta se habría hecho pedazos contra . A Don Ruperto le había dado otra vez el dolor.

DON RUPERTO.- ¡Y ahora es la pierna! ¡Ay, pero qué malo estoy!

ELISA.- ¡Vamos, Joaquín! Hay que hacer algo. Salta de la cama y que se meta Don Ruperto.

DON RUPERTO.-(Desfalleciente.) ¿Pero por qué os molestáis? Yo creo que es excesivo.

JOAQUÍN.- Nada, nada. ¡A la cama! Nosotros le quitaremos los zapatos y le echaremos estas mantas por encima.

DON RUPERTO.- No sé, no sé cómo agradeceros...

JOAQUÍN.- No faltaría más.

DON RUPERTO.- Esto es excesivo. Sois muy buenos.

Después de acostarle, Joaquín y Elisa le arroparon amorosamente. A los pocos minutos, don Ruperto dormía como un bendito. Entonces, el matrimonio apagó la luz, cerró la puerta con cuidado y salió.

ELISA.- No hables muy alto, Joaquín. ¿Tú crees que está muy malo?

JOAQUÍN.- Si, malísimo. Y además tiene mucho sueño. ¡Está tan cansado el pobre!...

 

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Asclepio
 
Médico de Familia  


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