|
Y, en efecto, no tardó mucho. A las diez y cuarto de
la noche pulsaba don Ruperto el timbre de la puerta.
Era don Ruperto un hombre de edad indefinida. Lo
mismo podía tener cincuenta y dos años que sesenta y tres. La
dificultad de poder concretar su edad, sin acudir a su tarjeta de
identidad, consistía en que el observador no podía llegar al rostro
del doctor sin previamente salvar el laberinto de arrugas que lo
ocultaban. El trabajo de don Ruperto era francamente agotador.
Pertenecía a tres sociedades con un número considerable de asociados,
especialmente la que atendía a una zona del extrarradio. Cuando Elisa
abrió la puerta, don Ruperto presentaba el aspecto de una momia bien
conservada. Con esa seguridad que da la costumbre, dejó el sombrero
sobre el perchero, tosió insistentemente y preguntó con un hilo de
voz.
DON RUPERTO.- ¿Quién es el enfermo?
ELISA.- MI marido, don Ruperto. Pase,
pase usted. Estaba muy intranquila.
Don Ruperto siguió a Elisa con la poquísima
velocidad que le prestaban sus entumecidas piernas. Ya junto al
enfermo, le preguntó:
DON RUPERTO.- ¿Qué pasa, hombre, qué pasa?
ELISA.- Ha venido malísimo de la oficina y le
he tenido que acostar.
DON RUPERTO.- Cuéntame, cuéntame.
JOAQUÍN.- Pues nada; que estaba archivando
unos expedientes en el fichero, cuando, de pronto, ¡zas!, una punzada
en este lado que me dejó sin respiración.
DON RUPERTO.- ¿A ver ese pulso?
Don Ruperto cogió el brazo de Joaquín y le puso
el dedo pulgar, a la altura de la muñeca. Trató de contar las
pulsaciones del enfermo, pero cuando no llevaba nada más que cinco,
sufrió tan terrible ataque de tos que tuvo que abandonar su tarea
para buscar, deprisa y corriendo, un pañuelo, cubrióse con él la
boca y tosió hasta reventar.
JOAQUÍN.- ¡Vaya un catarro que tiene usted, don
Ruperto!
ELISA.- Me da mucha pena oírle toser.
DON RUPERTO.- (Ahogándose.) No tiene
importancia. Pasará pronto.
ELISA.- Siéntese usted, don Ruperto. No sé que
me da verle de pie y tosiendo de esa manera.
DON RUPERTO.- ¡Ay, hija, estoy que no me
tengo! Si no fuera porque os aprecio mucho, no habría venido a estás
horas.
Don Ruperto volvió a coger la muñeca de Joaquín,
pero la soltó enseguida ante la inminencia de otro violentísimo
ataque de tos.
JOAQUÍN.- No me haga nada si no puede, don
Ruperto.
DON RUPERTO.- Perdona, hijo. Te pondré el
termómetro por si vuelvo a toser.
ELISA.- Mucho trabajo, ¿verdad don Ruperto?
DON RUPERTO.- ¡No os lo podéis figurar! Desde
que me he quedado con las tres sociedades...
JOAQUÍN.- Es mucho, ¿verdad?
DON RUPERTO.- Como no tenéis idea... ¡Ay!
¡Ay mi madre! Me acaba de dar un pinchazo en la cabeza como si me
hubiesen clavado un clavo.
JOAQUÍN.-(Alarmado.) Tiene usted que
cuidarse, don Ruperto; tiene usted que cuidarse.
DON RUPERTO.- ¿Y cómo? ¿Sabéis la
cantidad de enfermos que tengo? Si os lo digo, os quedáis de piedra. Y
menos mal que no son casos graves. En eso, tengo suerte.
Don Ruperto se introdujo la mano derecha por la
abertura de la camisa mientras disimulaba un gesto de dolor.
JOAQUÍN.- ¿Y a mí? ¿Qué tal me encuentra
a mí?
DON RUPERTO.- Veamos ese termómetro. Después
de una pausa y casi con lágrimas en los ojos: ¡Bah, treinta y siete!
Eso no es fiebre, chico, eso no es fiebre.
Una nueva sacudida conmovió el cuerpo de don
Ruperto. El termómetro cayó al suelo y se hizo pedazos.
ELISA.- Me está usted poniendo nerviosa, don
Ruperto.
JOAQUÍN.- Esa tos, esa tos no me gusta nada.
¿Quiere usted una pastilla, don Ruperto?
DON RUPERTO.- Eso no sirve para nada. Ensucia
el estómago.
Don Ruperto se quedó sorprendentemente lívido. Dio
otro grito y se llevó las manos al pie derecho.
ELISA.- ¡El pinchazo!
DON RUPERTO.--Ahora ha sido en un pie. ¡Y
qué molesto! ¡¡Qué molesto!!
ELISA.- ¡Quítese, quítese usted el zapato!
JOAQUÍN.-Y déjelo sobre esa silla. Póngase
cómodo. don Ruperto.
DON RUPERTO.- ¡Qué felicidad! ¡Qué bien se
está aquí! Si viérais, la de escaleras que he tenido que subir hoy...
ELISA.- Olvídelo. Si no tiene prisa, aquí
puede descansar.
DON RUPERTO.- ¡Qué más quisiera yo!
JOAQUÍN.- Entonces, ¿usted cree, don
Ruperto, que me podré levantar mañana?
DON RUPERTO.- Desde luego; no vayas a la
oficina, pero puedes hacer la vida normal. Te levantas un poco tarde,
comes lo que quieras, y pasado mañana nuevo.
Al llegar a este punto, el semblante de don Ruperto
fue tomando unos tintes tan sombríos, que al propio Valdés Leal le
habrían parecido tétricos.
ELISA.- Que pena me da verle, don Ruperto.
Ahora mismo le voy a preparar una tacita de caldo.
DON RUPERTO.- Déjalo, Elisa, no te
molestes.
ELISA.- Ya lo creo que se la preparo. Pues
no faltaría más.
Al salir Elisa, Joaquín, preocupado, trató de
distraer a don Ruperto.
JOAQUÍN.- Yo le envidio a usted. No cabe
duda de que para ser médico se necesita una gran vocación.
DON RUPERTO.- No lo sabes bien, hijo mío.
¡Si vieras qué dolor de cabeza tengo en este momento!
JOAQUÍN.- ¿Por qué no se toma esta
aspirina?. A mí no me hace falta.
DON RUPERTO.- No; prefiero tomarla de
madrugada.
Elisa entró con un tazón humeante en las manos.
ELISA.- No sé si le gustará a usted. Es
que ha sobrado un poquito de sopa y se la he calentado de nuevo. Tiene
gallina.
DON RUPERTO.- Pero, Elisa, ¿por qué...?
ELISA.- Ande, ande; pruebe el caldito.
DON RUPERTO.-(Sorbiendo y relamiéndose.)¡Qué
cosa más rica! ¡Y qué calentita!
Si no hubiera sido por la rapidez con que Elisa
sujetó la taza, ésta se habría hecho pedazos contra . A Don Ruperto
le había dado otra vez el dolor.
DON RUPERTO.- ¡Y ahora es la pierna! ¡Ay, pero
qué malo estoy!
ELISA.- ¡Vamos, Joaquín! Hay que hacer algo.
Salta de la cama y que se meta Don Ruperto.
DON RUPERTO.-(Desfalleciente.) ¿Pero
por qué os molestáis? Yo creo que es excesivo.
JOAQUÍN.- Nada, nada. ¡A la cama! Nosotros
le quitaremos los zapatos y le echaremos estas mantas por encima.
DON RUPERTO.- No sé, no sé cómo
agradeceros...
JOAQUÍN.- No faltaría más.
DON RUPERTO.- Esto es excesivo. Sois muy
buenos.
Después de acostarle, Joaquín y Elisa le
arroparon amorosamente. A los pocos minutos, don Ruperto dormía como
un bendito. Entonces, el matrimonio apagó la luz, cerró la puerta
con cuidado y salió.
ELISA.- No hables muy alto, Joaquín. ¿Tú crees
que está muy malo?
JOAQUÍN.- Si, malísimo. Y además tiene
mucho sueño. ¡Está tan cansado el pobre!...
|