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Todo en la composición parece sugerir que la noble
dama está más dormida que muerta. Sólo la palidez de la piel nos
advierte de lo inevitable.
Tras la delicadeza del cuadro de van Dyck podemos
imaginarnos el deseo de lord Digby de retener en vida a su joven y bella
esposa. ¿Moriría a consecuencia de un parto o de fiebre puerperal
como millones de mujeres de todas la épocas?. Podemos imaginar a
van Dyck, pintor del rey, siendo requerido de urgencia ante el lecho
mortuorio. Podemos fantasear con la fascinación que, en vida,
debió ejercer la modelo sobre el artista (la delicadeza del cuadro no
parece hablarnos de una obra "de encargo"). Algo parecido
a la música de Funeral de Purcel por la reina Mary.
Como comentamos en algún otro lugar, el hombre de
cualquier época de la historia trata de vencer la devastadora labor de la
muerte. El recuerdo de las personas amadas, su imagen, no puede
confiarse a la debilidad de la memoria. Durante siglos, pintores y
escultores acudieron al lecho de muerte de grandes hombres para hacer
apuntes de su expresión o recoger su mascarilla mortuoria.
Elementos con los que poder recomponer su imagen en vida.
La pintura y la escultura sólo estaba al alcance de
unos pocos privilegiados de las clases altas. Pero, a finales del
siglo XIX, la difusión de la fotografía, popularizó un fenómeno que
ahora nos puede parece morboso: el retrato
fotográfico de muertos, preferentemente de niños
muertos. No habiendo tenido ocasión o tiempo de fotografiar en vida
al ser querido, se llamaba al fotógrafo para recogerlo muerto, vestido de
sus mejores galas ("parece como dormido" hemos oído en más de
un velatorio).
Acostumbrados como estamos a disponer de fotos o vídeos desde nuestro
nacimiento, deberíamos comprender mejor estas prácticas que ofrecían la
posibilidad de perpetuar, en una única imagen fotográfica, la memoria de
un ser querido.
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