Esta es una de las pinturas de tema médico más
conocida y siempre ha despertado en mí un intenso sentimiento de
emoción.
En plena época victoriana, el médico parece esperar
la crisis de la enfermedad del niño enfermo, después de una noche en
vela (la claridad del alba parece vislumbrase por las rendijas de la
ventana cerrada).
En actitud meditabunda, la mano en el mentón,
reclinado sobre el paciente parece estar dispuesto a esperar el tiempo que
haga falta hasta el desenlace de la enfermedad que le ha obligado a pasar
la noche fuera de casa.
El niño enfermo, duerme en una improvisada camilla
sobre dos sillas. Una taza de café o té sobre la mesa. Un frasco de
jarabe medio lleno.
La madre derrumbada y agotada por la angustia y la
espera, recuesta su cabeza sobre la mesa.
En la penumbra del fondo, el padre se mantiene de pie y
coloca su mano en el hombro de la madre, en un intento de confortarla y de
buscar apoyo. Su mirada parece estar más atenta de la expresión de la
cara del médico que de su hijo.
Siempre me han impresionado dos cosas de este cuadro,
por lo difícil que a mí mismo me resulta lograrlas en situaciones
parecidas. De un lado, la serenidad del médico ante una situación grave,
que parece comprometer seriamente la salud del enfermo. De otra, la
capacidad de esperar el desenlace de la enfermedad cuando se ha hecho ya
todo lo que era posible hacer. Cuando hago avisos a domicilio en casos
urgentes o visito a pacientes terminales gravemente enfermos, esta imagen
siempre me viene a la cabeza y me gustaría que con el recuerdo también
me proporcionaran las cualidades que tanto envidio.