Gregorio Marañón, propietario de este cuadro, creyó
ver en él la representación de las prácticas de medicina popular
empleadas para intentar la curación del "garrotillo" o
difteria. La desesperación que debía provocar contemplar la lenta
asfixia de los niños por las membranas diftéricas en la garganta (una
especie de lento "garrote", o compresión mortal del cuello),
debió llevar a muchos a intentar retirar con los dedos dichas membranas
de las vías respiratorias de los enfermos.
Sin embargo, datos de catalogación han identificado
este cuadro como El Lazarillo de Tormes, que figuraba con el nº 25 en el
inventario de los bienes de Goya de 1812.
"El Garrotillo", en cualquier caso, sea o no
una interpretación equivocada, nos pone en contacto con algunos hechos
que eran cotidianos hasta hace bien poco: la existencia de enfermedades
infecto-contagiosas que, afortunadamente, no hemos llegado a conocer; la
falta de remedios eficaces y la consiguiente desesperación de allegados y
enfermos, pues la evolución quedaba fiada al destino ("está en las
manos de Dios, y sólo podemos rezar y esperar"); el único recurso a
remedios o curas populares, desesperados en este caso, que creíamos
desaparecidos hasta verlos resurgir bajo múltiples apariencias, que nos
hablan de la necesidad de componentes no "científicos", o
abiertamente mágicos, en el proceso de curación.