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Charles Babbiitt es un joven empresario que
vive muy deprisa y sin darle importancia a las relaciones
humanas. Su madre falleció cuando él tenía dos años. Vivió
con su padre, con el que nunca se llevó bien, hasta los 16 ó
17 años, edad en la que se marchó para no volver. Cuando
Charles recibe la noticia de que su progenitor ha fallecido,
su vida experimenta un cambio radical:
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Primera sorpresa. Charles no podrá
resolver sus acuciantes problemas económicos, pues su padre
ha nombrado un fideicomiso para que administre sus bienes.
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Segunda sorpresa. La herencia va
destinada para el cuidado de su hermano mayor Raymond (del
cual ignoraba su existencia), un autista inteligente que
vive alojado en una institución para deficientes mentales.
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Primer y brusco movimiento. Charles,
enrabietado y deseoso de conseguir el dinero a toda costa,
se lleva sin permiso a Raymond y emprende el camino de
vuelta a casa.
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Segunda y sincopada melodía. Charles no
sabe nada del autismo. Raymond solo sabe que necesita orden
y armonía para estar tranquilo.
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Intermedio con notas sueltas. Raymond y
Charles pasan varios días juntos. Éste, por primera vez en
su vida deja de mirarse el ombligo y acierta a
vislumbrar que hay un mundo fuera de sí mismo.
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Final con sinfonía triunfante. El
autismo funcional de Charles se retira vencido por el
autismo real de Raymond.
La cuarta parte del libro
El hombre que confundió a su mujer con un sombrero1
se titula El mundo de los simples. En ella Oliver
Sacks escribe:
Cuando empecé a trabajar con retrasados,
ya hace varios años, creí que sería una experiencia
deprimente, y escribí a Luria explicándoselo. Pero, ante mi
sorpresa, él contestó hablándome en los términos más positivos
sobre la experiencia, y diciéndome que no había pacientes que
le resultasen, en general, más “queridos”, y que consideraba
las horas y los años que había pasado en el Instituto de
Defectología unos de los más interesantes y estimulantes de
toda su vida profesional. [...] ¿Qué es este cálido
sentimiento del que habla Luria? [...] ¿Qué es esta cualidad
mental, esta disposición, que caracteriza a los simples y les
otorga su inocencia conmovedora, su transparencia, su
integridad y dignidad... una cualidad tan distintiva que
debemos hablar del “mundo” de los simples [...]? Si
hubiésemos de utilizar aquí una sola palabra, habría de ser
“concreción”... su mundo es vívido, intenso, detallado, pero
simple, precisamente porque es concreto: no lo
complica, diluye ni unifica la abstracción. |