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La Medicina en
el Cine: Ficha técnica de la película |
Título: Mi vida sin mí
Dirección: Isabel Coixet.
Guión: Isabel Coixet. Basado en el relato
Pretending the bed is a raft de Nancy Kincaid.
Intérpretes: Sarah Polley, Amanda Plummer,
Scott Speedman, Leonor Watling, Deborah Harry, Mark
Ruffado, Sonja Bennett, Alfred Molina, Jessica Amlee,
Kenya Jo Kennedy y María de Medeiros.
País: España/Canadá.
Año de estreno: 2003.
Duración: 100 minutos. |
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Título: Después de la boda
Dirección: Sussane Bier.
Guión: Sussane Bier y Anders Thomas Jensen.
Intérpretes: Mads Mikkelsen, Sidse Babett
Knudsen, Rolf Lassgard, Stine Fischer Christensen,
Christian Tafdrup y Mona Malm.
Año de estreno: 2006.
Duración: 122 minutos. |
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| Autora de la reseña:
Carolina
Botella Dorta |
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Como humanos que somos
todos entendemos que nuestros días son finitos, que algún día
nos marcharemos de aquí. El final, la muerte, puede
presentarse de varias maneras. Así, lo puede hacer de
repente, como un susto del que -aún no lo sabemos- no nos
recuperaremos. O, tal vez, con tiempo, anunciándose a modo de
esa invitada que llega para quedarse. ¿Cuál de las dos
posibilidades es la mejor para nosotros? ¿Y para nuestros
allegados? Es inútil preguntárselo. Cuando llegue el día,
cuando llegue el momento, no tendremos opción y habrá que
lidiar a pecho descubierto con la suerte que nos haya tocado.
Lo haremos, seguramente, de la misma forma en la que hemos
vivido, como buenamente podamos, como falibles humanos.
Mi vida sin mí
y Después de la boda tienen algo esencial en común:
relatan la historia de dos personas jóvenes que saben que
tienen sus días contados. En la película de Isabel Coixet la
protagonista (Ann) es una joven proletaria de 23 años casada y
con dos hijas. Cuando recibe la noticia de que solo le quedan
unos meses de vida, comienza a disfrutar más de su gris día a
día a la par que intenta imaginar cómo será la vida de sus
seres queridos cuando ella haya fallecido. En la cinta de
Susanne Bier es Jorgen, un millonario que aún no ha cumplido
los 50 años, quien se enfrenta con una rabia enorme -pero muy
contenida- a su prematuro final. Consciente de su destino y
aprovechando una situación económica privilegiada, dedica
todos sus esfuerzos a planificar el futuro de su amada
familia. Así pues, dos vidas con fecha de caducidad y, en
ambos casos, una preocupación omnipresente: ¿qué será de mis
seres queridos? Porque, después de asimilar la noticia y de
llegar a un imaginario pacto con la muerte (“vale, yo me voy
pero evítame en lo posible todo dolor”), lo que nos desgarra
es el desamparo de los que se quedan, especialmente de los que
todavía dependen de nosotros. Sin embargo, también somos
conscientes de que, afortunadamente, nadie es imprescindible
en esta vida y de que todos, tarde o temprano y más o menos
maltrechos, nos volvemos a levantar. Y eso, en esa hora de la
gran verdad, quieras que no, da una cierta tranquilidad. |