Basada en la obra
Elegía a Iris
escrita por su marido, el crítico literario John Bayley, la película no
transcurre linealmente en el tiempo desde el estado de salud a la
muerte, sino que alterna las escenas de las relaciones del matrimonio en
su juventud y en los últimos años de vida de la escitora Iris Murdoch,
afectada por el Alzheimer.
La película se centra
más en mostrarnos los sentimientos de amor que unieron a estas dos
personas tan diferentes a lo largo de 40 años que en describirnos los
estragos de una enfermedad degenerativa.
Iris Murdoch era
intelectualmente muy brillante, creativa, vital, sin prejuicios, ansiosa
de disfrutar “todo lo bueno”. Bayley aparece como un ser deslumbrado por
esas cualidades, desgarbado y desmañado, inexperto, pero a la vez sufre
la libertad con la que Iris Murdoch compartía su relación con otras
personas.
Cuando el Alzheimer
comienza a hacer su aparición, se muestra el terror de una persona que
ha hecho de las palabras y de la mente no sólo su medio de trabajo sino
su forma de expresarse y en torno a las cuales gira toda su vida.
La película no escarba
en todas las situaciones de desamparo, deterioro, sufrimiento y
humillación que genera el Alzheimer en los pacientes y en sus familias,
pero hay algunas escenas que sugieren, más que mostrar con crudeza,
situaciones conocidas por todos: episodios de fuga del hogar, vagabundeo
y extravío del enfermo; fases de agresividad, negativismo o descontrol
emocional; explosiones de impotencia y desesperación del cuidador;
desorden, suciedad y abandono de las tareas del hogar; las mismas
preguntas o frases repetidas cien veces: “¿Cuándo nos vamos?, ¿Cuándo
nos vamos?, ¿Cuándo nos vamos?”,...
Las escenas médicas son
anecdóticas. Hay dos visitas a domicilio de un jovencísimo y
aparentemente desbordado médico general. En la primera visita, a raíz de
los primeros síntomas, sugiere una vista al especialista. En la segunda,
expresa la inevitabilidad del anunciado ingreso en una residencia
asistida de ancianos.
Hay otras dos visitas al
neurólogo: tras pasarle unos tests para valorar el deterioro cognitivo
anuncia que el mal es “inexorable “. Los restos de lucidez de Iris lo
traducen con acierto: “Ha dicho que es inevitable ¿no?”. En otra visita,
que muestra un enorme “vacío” entre la corteza cerebral y la pared
craneal en la imagen del TAC, el especialista vuelve a mostrase
implacable en su intención de que el esperanzado marido entienda que el
deterioro severo anunciado “se presentará” sin remedio.