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 El lado Humano - La Medicina en el Cine
 La escafandra y la mariposa  Mapa    Buscador Avanzado
 

 

 
 La Medicina en el Cine: Ficha técnica de la película
Título: La escafandra y la mariposa.
Dirección: Julian Schnabel.
Guión: Ronald Harwood (basado en el libro La escafandra y la mariposa de Jean-Dominique Bauby).
Intérpretes: Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Marie-Josée Croze, Anne Consigny, Niels Arestrup, Olatz López Gamendia, Jean-Pierre Cassel, Marina Hands, Max Von Sydow, Isaac de Bankolé y Emma de Caunes.
Año: 2007.
Duración: 112 minutos.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
 

Jean-Dominique Bauby (1952-1997), periodista y redactor jefe de la revista Elle, sufrió en diciembre de 1995 un accidente cerebrovascular que le dejó el cuerpo completamente paralizado pero las facultades mentales intactas (locked-in syndrome, síndrome de bloqueo interno o de enclaustramiento).  La única manera que Bauby tenía para comunicarse con el exterior era el parpadeo de su ojo izquierdo: un guiño para el sí; dos para el no.  Aunque parezca increíble, Jean-Dominique fue capaz de escribir un libro con ese ojo: una persona recitaba en alto el alfabeto (con las letras ordenadas de mayor a menor frecuencia de uso en la lengua francesa) y en el momento en que nombraba la grafía que le interesaba, Bauby guiñaba el ojo.  Pero si la forma en que se elaboró el texto nos puede resultar sorprendente, aún más extraordinario encontraremos su contenido:

Necesito como el aire que respiro sentirme conmovido, amar y admirar.  La carta de un amigo, un cuadro de Balthus en una postal, una página de Saint-Simon confieren sentido al lento desgranar de las horas.  No obstante, para sentirme vivo y no abismarme en una tibia resignación, conservo una sana dosis de rabia, de mal carácter, ni demasiado ni demasiado poco, al igual que la olla exprés dispone de una válvula de seguridad que le impide explorar.

Mira, La olla exprés, ése podría ser un buen título para la obra de teatro que tal vez escriba un día a partir de mi experiencia.  También he pensado bautizarla El ojo y, por supuesto, La escafandra.

Un día me resulta divertido que a mis cuarenta y cuatro años me laven, me den la vuelta, me limpien el trasero y me pongan los pañales como a un niño de pecho.  En plena regresión infantil, obtengo incluso con tales manejos, un vago placer.  Al día siguiente todo ello se me antoja el colmo del patetismo, y una lágrima surca la espuma de afeitar que un auxiliar extiende por mis mejillas.

Recibo algunas cartas notables.  Las abren, las desdoblan y me las colocan ante los ojos según un ritual que se ha establecido con el tiempo y que confiere a la llegada del correo el carácter de una ceremonia silenciosa y sagrada.  Leo la carta yo mismo escrupulosamente.  Algunas no carecen de gravedad.  Me hablan del sentido de la vida, de la supremacía del alma, del misterio de toda existencia, y por un curioso fenómeno de inversión de las apariencias, son aquellos con quienes había establecido las relaciones más triviales los que más abordan estas cuestiones esenciales. Su ligereza enmascaraba un alma profunda.  ¿Acaso estaba ciego y sordo, o bien se requiere la luz de una desgracia para que un hombre se revele tal como es?

Otras cartas refieren en toda su simplicidad los pequeños hechos que subrayan el paso del tiempo.  Son rosas cogidas a la hora del crepúsculo, la indolencia de un domingo lluvioso, un niño que llora antes de dormirse.  Captados del natural, esos retazos de vida, esas bocanadas de felicidad me conmueven más que ninguna otra cosa.  Ya se trate de ocho líneas o de ocho páginas, ya procedan del lejano Levante o de Levallois-Perret, guardo todas esas cartas como un tesoro.  Un día me gustaría pegarlas por los extremos para formar una tira de un kilómetro, que flotaría al viento como una oriflama a la gloria de la amistad.

Eso alejará a los buitres1.

 

¿Se puede plasmar todo esto en una película?  Les aseguro que sí.  Lo hizo Amenábar con Mar adentro y, para nuestra suerte, para nuestro beneficio, para nuestro propio crecimiento, también lo ha conseguido Schnabel.  Con una enorme sensibilidad, con unos excelentes actores, con un acertado guión y con una originalísima puesta en escena, Julian Schnabel consigue rendir a Jean-Dominique Bauby el tributo que se merece por haber compartido con nosotros su experiencia.  Así pues, no dejen de ver esta película.  No pierdan la oportunidad de embeberse en este polifónico canto a la vida.

1. Bauby JD.  La escafandra y la mariposa.  Barcelona: Plaza & Janés, 1997; 24, 62, 84.

 
Le scaphandre et le papillon, (ficha) en Internet Movies Data Base.
 

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