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Jean-Dominique
Bauby (1952-1997), periodista y redactor jefe de la revista
Elle, sufrió en diciembre de 1995 un accidente
cerebrovascular que le dejó el cuerpo completamente paralizado
pero las facultades mentales intactas (locked-in syndrome,
síndrome de bloqueo interno o de enclaustramiento). La única
manera que Bauby tenía para comunicarse con el exterior era el
parpadeo de su ojo izquierdo: un guiño para el sí; dos para el
no. Aunque parezca increíble, Jean-Dominique fue capaz de
escribir un libro con ese ojo: una persona recitaba en
alto el alfabeto (con las letras ordenadas de mayor a menor
frecuencia de uso en la lengua francesa) y en el momento en
que nombraba la grafía que le interesaba, Bauby guiñaba el
ojo. Pero si la forma en que se elaboró el texto nos puede
resultar sorprendente, aún más extraordinario encontraremos su
contenido:
Necesito
como el aire que respiro sentirme conmovido, amar y admirar.
La carta de un amigo, un cuadro de Balthus en una postal, una
página de Saint-Simon confieren sentido al lento desgranar de
las horas. No obstante, para sentirme vivo y no abismarme en
una tibia resignación, conservo una sana dosis de rabia, de
mal carácter, ni demasiado ni demasiado poco, al igual que la
olla exprés dispone de una válvula de seguridad que le impide
explorar.
Mira,
La olla exprés, ése podría ser un buen título para la obra
de teatro que tal vez escriba un día a partir de mi
experiencia. También he pensado bautizarla El ojo y,
por supuesto, La escafandra.
Un día me
resulta divertido que a mis cuarenta y cuatro años me laven,
me den la vuelta, me limpien el trasero y me pongan los
pañales como a un niño de pecho. En plena regresión infantil,
obtengo incluso con tales manejos, un vago placer. Al día
siguiente todo ello se me antoja el colmo del patetismo, y una
lágrima surca la espuma de afeitar que un auxiliar extiende
por mis mejillas.
Recibo
algunas cartas notables. Las abren, las desdoblan y me las
colocan ante los ojos según un ritual que se ha establecido
con el tiempo y que confiere a la llegada del correo el
carácter de una ceremonia silenciosa y sagrada. Leo la carta
yo mismo escrupulosamente. Algunas no carecen de gravedad.
Me hablan del sentido de la vida, de la supremacía del alma,
del misterio de toda existencia, y por un curioso fenómeno de
inversión de las apariencias, son aquellos con quienes había
establecido las relaciones más triviales los que más abordan
estas cuestiones esenciales. Su ligereza enmascaraba un alma
profunda. ¿Acaso estaba ciego y sordo, o bien se requiere la
luz de una desgracia para que un hombre se revele tal como es?
Otras
cartas refieren en toda su simplicidad los pequeños hechos que
subrayan el paso del tiempo. Son rosas cogidas a la hora del
crepúsculo, la indolencia de un domingo lluvioso, un niño que
llora antes de dormirse. Captados del natural, esos retazos
de vida, esas bocanadas de felicidad me conmueven más que
ninguna otra cosa. Ya se trate de ocho líneas o de ocho
páginas, ya procedan del lejano Levante o de Levallois-Perret,
guardo todas esas cartas como un tesoro. Un día me gustaría
pegarlas por los extremos para formar una tira de un
kilómetro, que flotaría al viento como una oriflama a la
gloria de la amistad.
Eso alejará
a los buitres1.
¿Se puede
plasmar todo esto en una película? Les aseguro que
sí. Lo hizo Amenábar con Mar adentro y, para nuestra
suerte, para nuestro beneficio, para nuestro propio
crecimiento, también lo ha conseguido Schnabel. Con una
enorme sensibilidad, con unos excelentes actores, con un
acertado guión y con una originalísima puesta en escena,
Julian Schnabel consigue rendir a Jean-Dominique Bauby el
tributo que se merece por haber compartido con nosotros su
experiencia. Así pues, no dejen de ver esta película. No
pierdan la oportunidad de embeberse en este polifónico canto a
la vida.
1. Bauby JD. La escafandra y la mariposa. Barcelona:
Plaza & Janés, 1997; 24, 62, 84. |