|
Unos
personajes y una historia entrañable. Unos escenarios que
destilan una melancólica paz. Una invitación a la reflexión.
En fin, una película muy recomendable porque, aunque el título
pueda sugerir lo contrario, está llena de vida. He aquí su
argumento:
Wilbur y Harbour son dos hermanos que no se
parecen en nada. Harbour es amable, discreto, dulce y un
optimista impenitente. Wilbur, a pesar de irradiar un encanto
especial que atrae a quienes lo rodean, es enormemente
pesimista. A Wilbur nada le ilusiona y solo tiene un objetivo,
quitarse la vida. No importa el método (ingiriendo pastillas,
inhalando gas, tirándose al río, colgándose del cuello o
cortándose las venas) pues lo fundamental, a toda costa, es
dejar de existir. Sin embargo, Harbour no está dispuesto a
permitirlo, pues siente un gran amor por su hermano. Y así,
entre el cinismo y el humor, entre la tristeza, la alegría y
los sobresaltos, van transcurriendo los días. Harbour cada
vez es más feliz, pues ha encontrado a una mujer (madre
soltera) con quien compartir su vida. Wilbur se traslada a
vivir con Harbour y su nueva familia, lo cual parece que
introduce algo de color en sus oscuros días. Pero estamos
vivos, lo cual quiere decir que en cualquier momento la muerte
nos puede salir al paso y –así es la parca- puede que no se la
tropiece quien más la está buscando... |