Paula, la hija de Isabel Allende, a los pocos meses
de casarse (cargada de felicidad y de esperanza en la vida) es ingresada
de urgencia en el Hospital Clínico de Madrid en estado muy grave.
"El hospital es el reino del dolor, aquí se viene a sufrir. […]
las miserias de la enfermedad nos igualan".
Alguno de los tratamientos desencadena un estado de
coma irreversible. Ingreso en UVI. Padece porfiria. La
madre se pasa varios meses, día y noche, en el hospital. Los
sentimientos del familiar del paciente. Antítesis entre el especialista
en porfirias, frío y distante que la trata como un caso ("más
interesado en sus tubos de ensayo y que te visita poco"), y el
neurólogo humano ("el único médico por estos lados que no parece
insensible a la angustia de quienes pasamos el día en el corredor de
los pasos perdidos"). ¿Se debe hablar y tratar a los
pacientes en coma como si nos sintieran y nos oyeran?. El lento
proceso de ir aceptando que no mejorará, que no volverá a la
vida. Que, a lo mejor, es mejor que no despierte. Que vivió
una vida corta pero feliz. Que lo mejor es que muera:
"Escucha, mamá […]. Vengo a pedirte
ayuda…, quiero morir y no puedo. […] estoy atrapada. En
mi cama sólo está mi cuerpo sufriente desintegrándose día a día
[...] pero nadie me escucha. Estoy muy cansada. ¿Por qué
todo esto?."
Isabel Allende escribe este largo relato-carta-conversación dirigido
a su hija para contarle lo que pasó durante su "ausencia" del
mundo de los vivos. También como terapia para liberar su angustia
y sus miedos (las virtudes terapéuticas de la escritura). La
mayor parte del libro narra la vida y amores de la propia Isabel Allende
y su familia.