| El 6 de agosto de 2005 se cumplen 60
años de la primera bomba atómica contra una población
civil. El Dr. Hachiya, Director del Hospital del
Ministerio de Comunicaciones de Hiroshima, estaba en su
casa a las 8:17 horas de la mañana del 6 de agosto de
1945. La sirena de la alarma aérea había dejado de sonar
cuando una luz cegadora (la pika) lo llenó todo. Un
viento abrasador se unió al derrumbe de su casa, situada a
1600 metros del punto donde la primera bomba atómica
explotó, colgada de tres paracaídas, a 500 metros sobre el
suelo de Hiroshima.
El Dr. Hachiya, y la mayoría de los sobrevivientes de
la ciudad, no recuerda ningún ruido o explosión. Los
habitantes de las zonas próximas a Hiroshima sí que
recuerdan una violentísima explosión que acompañó al
resplandor (pikadon) seguida de una enorme nube, de
una “belleza” y color singular, que se elevaba hasta el
cielo. Una nube nunca vista y que ahora todos reconocemos
como el enorme “hongo” de la explosión de una bomba
atómica.
Malherido, el Dr. Hachiya y su esposa se dirigieron,
como cientos de personas, hacia el Hospital de
Comunicaciones, donde no sólo no pudo ayudar, sino que
tuvo que ser atendido. Su estado fue calificado de muy
grave y se temió por su vida pero, sorprendentemente fue
restableciéndose y nos ha dejado su testimonio, humano y
médico, de las primeras semanas en una ciudad arrasada por
los efectos de la radioactividad.
Desconocedores de la naturaleza de la bomba, aislados
del resto del Japón (destruidas todas las comunicaciones y
por el temor a que las personas que acudiesen a Hiroshima
tras la explosión corrieran la misma suerte que sus
maltrechos supervivientes) el Dr. Hachiya elabora una
teoría tras otra para explicar los incomprensibles
síntomas que van sufriendo los pacientes y el personal
refugiados en el hospital.
A las horribles quemaduras y lesiones traumáticas de la
enorme honda explosiva saben cómo enfrentarse, pero el
hospital carece de cualquier producto sanitario y está en
ruinas tras la explosión y los incendios.
Escucha relatos de testigos de los efectos de la
explosión que presencian fenómenos de personas
“volatilizadas” cuyas figuras y sombras aparecen
recortadas sobre el suelo.
Pacientes que se encontraban muy próximos al epicentro
de la explosión (menos de 500 metros) no presentan heridas
o quemaduras aparentes, pero mueren en pocas horas entre
vómitos y heces sanguinolentas. El Dr. Hachiya piensa en
los efectos de los bruscos cambios de la presión
atmosférica.
Observa que las personas que se encontraban dentro de
alguno de los pocos edificios oficiales de la ciudad
construidos con hormigón armado para resisitir los
terremotos, o aquellas que en el momento de la explosión
se encontraban “protegidos” por algún obstáculo del foco
de calor de la explosión han podido sobrevivir en los
primeros minutos. Las partes del cuerpo cubiertas con
vestidos blancos parecen haber sido protegidas de las
quemaduras. Los tejidos negros y oscuros se han
volatilizado dejando la piel horriblemente quemada, en
algunos casos dejando impresos los dibujos de los
estampados de las telas. Tanto el Dr. Hachiya como muchos
de los ciudadanos de Hiroshima se encuentran desnudos tras
la explosión, sin saber cómo se han esfumado sus vestidos.
Más tarde, el gran malestar general, debilidad, vómitos
y diarrea sanguinolenta que aqueja a la mayoría de los
pacientes le hace sospechar que han sido bombardeados con
gérmenes de disentería.
A medida que la diarrea parece controlarse, los
pacientes presentan úlceras purulentas en la boca y
amígdalas.
Días después, comienzan a aparecer petequias
puntiformes por todo el cuerpo. Las petequias crecen cada
día. Muchos de los pacientes con petequias, hasta entonces
aparentemente no afectados por la explosión, mueren en
poco tiempo sin que logre explicarse la causa.
No sólo observa con preocupación la aparición de
petequias. Los pacientes comienzan a perder el pelo.
También relaciona este hecho con un peor pronóstico.
La llegada de un microscopio les proporciona la primera
pista: cuanto más cerca del epicentro de la explosión
estaba el paciente menos leucocitos tiene. Son estos
pacientes los que mueren en primer lugar
1.
La llegada de algún otro médico les permite comenzar a
hacer algunas autopsias (hasta ahora debían cremar los
cadáveres para evitar epidemias y por respeto a los
muertos). El interior de las víctimas está lleno de sangre
que no coagula y las vísceras aparecen llenas de pequeños
puntos hemorrágicos.
Al cabo de algunos días logran realizar recuentos de
plaquetas, una técnica más compleja que la del recuento de
leucocitos. Los pacientes con hemorragias prácticamente no
tienen plaquetas. Las sospechas se dirigen ahora hacia la
médula ósea, posiblemente afectada por la radiación.
En medio del caos, con una falta absoluta de material
sanitario y de una mínima habitabilidad (el hospital está
quemado, sin ventanas ni luz eléctrica), los médicos,
enfermeras y personal del hospital dan un ejemplo de
servicio y responsabilidad ante su comunidad, dentro de
sus mínimas posibilidades.
El diario de Hachiya finaliza el día 30 de septiembre
de 1945, depués de los primeros contactos con el personal
médico americano.
Antonio de Lorenzo-Cáceres Ascanio.
Asclepio. |