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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
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 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: Diario de Hiroshima de un médico japonés.
           (6 de agosto - 30 de septiembre de 1945)
Autor: 
Michihiko Hachiya.
Editorial:  Turner.  Colec. Letras y armas, nº 14.  mayo 2005.
Prólogo: Elías Canetti (1971)
Autor de la reseña: Asclepio. Médico de Familia.
 
 

Michihiko Hachiva, autor del libro,
y su esposa, Yaeko, en 1959.
El 6 de agosto de 2005 se cumplen 60 años de la primera bomba atómica contra una población civil.

El Dr. Hachiya, Director del Hospital del Ministerio de Comunicaciones de Hiroshima, estaba en su casa a las 8:17 horas de la mañana del 6 de agosto de 1945. La sirena de la alarma aérea había dejado de sonar cuando una luz cegadora (la pika) lo llenó todo. Un viento abrasador se unió al derrumbe de su casa, situada a 1600 metros del punto donde la primera bomba atómica explotó, colgada de tres paracaídas, a 500 metros sobre el suelo de Hiroshima.

El Dr. Hachiya, y la mayoría de los sobrevivientes de la ciudad, no recuerda ningún ruido o explosión. Los habitantes de las zonas próximas a Hiroshima sí que recuerdan una violentísima explosión que acompañó al resplandor (pikadon) seguida de una enorme nube, de una “belleza” y color singular, que se elevaba hasta el cielo. Una nube nunca vista y que ahora todos reconocemos como el enorme “hongo” de la explosión de una bomba atómica.

Malherido, el Dr. Hachiya y su esposa se dirigieron, como cientos de personas, hacia el Hospital de Comunicaciones, donde no sólo no pudo ayudar, sino que tuvo que ser atendido. Su estado fue calificado de muy grave y se temió por su vida pero, sorprendentemente fue restableciéndose y nos ha dejado su testimonio, humano y médico, de las primeras semanas en una ciudad arrasada por los efectos de la radioactividad.

Desconocedores de la naturaleza de la bomba, aislados del resto del Japón (destruidas todas las comunicaciones y por el temor a que las personas que acudiesen a Hiroshima tras la explosión corrieran la misma suerte que sus maltrechos supervivientes) el Dr. Hachiya elabora una teoría tras otra para explicar los incomprensibles síntomas que van sufriendo los pacientes y el personal refugiados en el hospital.

A las horribles quemaduras y lesiones traumáticas de la enorme honda explosiva saben cómo enfrentarse, pero el hospital carece de cualquier producto sanitario y está en ruinas tras la explosión y los incendios.

Escucha relatos de testigos de los efectos de la explosión que presencian fenómenos de personas “volatilizadas” cuyas figuras y sombras aparecen recortadas sobre el suelo.

Pacientes que se encontraban muy próximos al epicentro de la explosión (menos de 500 metros) no presentan heridas o quemaduras aparentes, pero mueren en pocas horas entre vómitos y heces sanguinolentas. El Dr. Hachiya piensa en los efectos de los bruscos cambios de la presión atmosférica.

Observa que las personas que se encontraban dentro de alguno de los pocos edificios oficiales de la ciudad construidos con hormigón armado para resisitir los terremotos, o aquellas que en el momento de la explosión se encontraban “protegidos” por algún obstáculo del foco de calor de la explosión han podido sobrevivir en los primeros minutos. Las partes del cuerpo cubiertas con vestidos blancos parecen haber sido protegidas de las quemaduras. Los tejidos negros y oscuros se han volatilizado dejando la piel horriblemente quemada, en algunos casos dejando impresos los dibujos de los estampados de las telas. Tanto el Dr. Hachiya como muchos de los ciudadanos de Hiroshima se encuentran desnudos tras la explosión, sin saber cómo se han esfumado sus vestidos.

Más tarde, el gran malestar general, debilidad, vómitos y diarrea sanguinolenta que aqueja a la mayoría de los pacientes le hace sospechar que han sido bombardeados con gérmenes de disentería.

A medida que la diarrea parece controlarse, los pacientes presentan úlceras purulentas en la boca y amígdalas.

Días después, comienzan a aparecer petequias puntiformes por todo el cuerpo. Las petequias crecen cada día. Muchos de los pacientes con petequias, hasta entonces aparentemente no afectados por la explosión, mueren en poco tiempo sin que logre explicarse la causa.

No sólo observa con preocupación la aparición de petequias. Los pacientes comienzan a perder el pelo. También relaciona este hecho con un peor pronóstico.

La llegada de un microscopio les proporciona la primera pista: cuanto más cerca del epicentro de la explosión estaba el paciente menos leucocitos tiene. Son estos pacientes los que mueren en primer lugar 1.

La llegada de algún otro médico les permite comenzar a hacer algunas autopsias (hasta ahora debían cremar los cadáveres para evitar epidemias y por respeto a los muertos). El interior de las víctimas está lleno de sangre que no coagula y las vísceras aparecen llenas de pequeños puntos hemorrágicos.

Al cabo de algunos días logran realizar recuentos de plaquetas, una técnica más compleja que la del recuento de leucocitos. Los pacientes con hemorragias prácticamente no tienen plaquetas. Las sospechas se dirigen ahora hacia la médula ósea, posiblemente afectada por la radiación.

En medio del caos, con una falta absoluta de material sanitario y de una mínima habitabilidad (el hospital está quemado, sin ventanas ni luz eléctrica), los médicos, enfermeras y personal del hospital dan un ejemplo de servicio y responsabilidad ante su comunidad, dentro de sus mínimas posibilidades.

El diario de Hachiya finaliza el día 30 de septiembre de 1945, depués de los primeros contactos con el personal médico americano.

Antonio de Lorenzo-Cáceres Ascanio. Asclepio.

 

(1) Estas primeras observaciones del Dr. Hachiya se vieron confirmadas por los estudios más detallados de los efectos de la bomba. En http://www.atomicarchive.com/Maps/HiroshimaMap.shtml puedes comprobar los muertos y heridos según la distancia al punto de la explosión, la famosa “zona cero”. Se calcula que sólo en 1945 murieron 144.000 personas en Hiroshima y 70.000 en Nagasaki por los efectos de la explosión y de la radiación.

 
Enlaces web relacionados:
  • La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW)
    http://www.ippnw.org
    La Academia Sueca concedió el 10 de diciembre de 1984 el Premio Nóbel de la Paz a la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear. El comité encargado de valorar los méritos de los nominados y de otorgar el Premio Nóbel justifica esta decisión destacando el servicio que esta organización presta a la humanidad con su trabajo para evitar las catastróficas consecuencias que puede desencadenar un conflicto nuclear entre las naciones del mundo.
    La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear fue creada por los cardiólogos rusos Bernard Lown y Jewgenji I. Tshasov, y en el momento de recibir el Premio Nobel cerca de 135.000 médicos pertenecientes a 41 países, incluidos Estados Unidos y la URSS, están asociados a esta organización. La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear fija su principal objetivo en ofrecer a las autoridades mundiales una visión real sobre las verdaderas consecuencias sanitarias que sufriría toda la humanidad en el caso de una posible guerra nuclear, insistiendo en el hecho de que la medicina actual no dispone de los conocimientos ni de los medios necesarios para ayudar a las numerosas víctimas que puede originar una guerra de este tipo.
    Además de este propósito, la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear se manifiesta abiertamente en contra de todos los experimentos con armas nucleares, y propone nuevas perspectivas a todas las negociaciones que surgen sobre el control de armamento nuclear entre las potencias mundiales.

  • Radiation Effects Research Foundation y Atomic Bomb Casualty Commission (ABCC-RERF)
    http://www.rerf.or.jp/eigo/historic/psnacunt/miller.htm
    El Dr. Robert Miller, pediatra americano, trabajó entre 1953 y 1990 en la Radiation Effects Research Foundation organismo que sucedió a la Atomic Bomb Casualty Commission (ABCC-RERF), estudiando los efectos de la radiación en los niños japoneses de Hiroshima y Nagasaki.

Los efectos de la bomba:

 
 

Explosión de la bomba “Buster-Dog-Jangle”. Desierto de Nevada, EE.UU., 1951.

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