p. 267-270
En 1935, en la Italia de Mussolini, Carlo Levi, licenciado en Medicina,
pintor y literato, es detenido por actividades antifascistas y condenado
al confinamiento en un pueblo perdido de la Lucania, en el Sur de
Italia. Sin experiencia previa en la asistencia médica, y sin
pretenderlo, los campesinos comienzan a consultarle y a confiar en él.
El éxito profesional del Dr. Levi y las gestiones que emprende para
luchar contra la malaria, endémica en la región, despiertan la envidia
de los dos médicos titulares del pueblo, consiguiendo una orden de la
autoridad de la provincia donde se le prohíbe terminantemente el
ejercicio de la medicina. El profundo malestar de la población, en
una época de dictadura fascista, se manifiesta de una forma original:
"Un día vinieron a mi casa dos jóvenes a pedirme, con aire misterioso,
que les prestara una de mis batas blancas de médico. Me dijeron que no
les preguntara para qué la querían: era un secreto; pero lo sabría al
día siguiente. La bata me la devolverían por la noche. A la mañana
siguiente, mientras paseaba por la plaza vi que la gente corría hacia la
casa del podestá, delante de la cual se había detenido una
pequeña muchedumbre. También me acerqué yo y me abrieron paso. Vi
entonces que dentro de un círculo de hombres, mujeres y niños,
espectadores apasionados, había comenzado sin palcos ni escenario, sobre
el empedrado de la calle, una representación teatral. Cada año, como
luego supe, en estos primeros días de Cuaresma, los campesinos tenían
por costumbre representar una especie de comedia improvisada. Algunas
veces, aunque raramente, era de carácter religioso, otras recordaban las
gestas de los paladines o de los bandoleros; las más de las veces se
trataba de escenas cómicas o bufas extraídas de la vida cotidiana. Este
año, afectados sus ánimos por los recientes acontecimientos, los
campesinos habían imaginado un drama satírico, una especie de desahogo
poético de sus sentimientos.
Todos los actores eran hombres, incluso aquellos que representaban
papeles femeninos; se trataba de jóvenes campesinos amigos míos, pero a
los que, sin embargo, no podía reconocer bajo sus extraordinarios
disfraces. El drama tenía una sola escena que los actores
improvisaban. Un coro de hombres y de mujeres anunció la llegada de un
enfermo. Y he aquí que llega un enfermo en unas parihuelas, con el
rostro pintado de blanco y los ojos con cercos negros, así como manchas
del mismo color en las mejillas, desencajadas como las de un muerto. El
enfermo estaba acompañado por su madre, que lloraba y que no hacía más
que repetir: «Hijo mío, hijo mío», palabras que repetía continuamente, a
lo largo de toda la representación, como un monótono y triste
acompañamiento. Al lado del enfermo, al ser llamado por el coro, acudía
un hombre vestido de blanco, que llevaba mi bata, que se disponía a
atenderlo; pero he aquí que para impedírselo apareció un viejo vestido
con negros ropajes y con una perilla de cabra. Los dos médicos, el
blanco y el negro, el espíritu del bien y el del mal, luchaban, como el
ángel y el demonio, alrededor de aquel cuerpo que yacía en las
parihuelas y se lanzaban frases satíricas e hirientes. Ya el ángel
dominaba la situación, cuando llegó corriendo un romano de rostro
monstruoso y feroz que obligó a que el hombre blanco se marchara. El
hombre de negro, el profesor Bestianelli (corrupción de Bastianelli, que
también es célebre entre estos campesinos) se quedó dueño de la
situación. Dio un corte a los vestidos del enfermo y, con un rápido
movimiento de la mano, extrajo fuera de la herida una vejiga de
intestino de cerdo que allí se hallaba escondida. Se volvió triunfante
hacia el coro, que profería palabras y protestas de horror, con la
vejiga orgullosamente enarbolada, Mientras gritaba: « ¡Aquí está el
corazón! » Con una gruesa aguja atravesó aquel corazón del que salió un
chorrito de sangre; mientras la madre y las mujeres del coro comenzaban
a dolerse por el muerto. Y así terminaba el drama.
Nunca he llegado a saber quién fue el autor; acaso no fuese uno sino
varios, el conjunto de los actores. Las bromas que recitaban se
referían al problema que agitaba sus ánimos en aquellos días, pero la
diplomacia campesina hacía, sí, que las alusiones no fueran nunca
demasiado directas y que resultasen comprensibles y penetrantes, sin que
llegaran a ser peligrosas. Y, sobre todo, más allá de la sátira y de la
protesta, el gusto por el arte los había arrastrado. Cada uno vivía, en
verdad, su papel. La llorosa madre parecía una desesperada heroína de
tragedia griega o una María de Iacopone; el enfermo ofrecía con realismo
el rostro de un moribundo; el negro charlatán extraía la sangre del
corazón con un placer feroz; el romano era un horrible monstruo, un
dragón estatal; y el coro asistía y hacía comentarios con desesperada
paciencia. ¿Era aquella especie de esquema clásico el recuerdo de un
arte antiguo, reducido pobremente al residuo de un arte popular o
también un espontáneo, original renacer, un lenguaje natural en estas
tierras en las que la vida es toda una tragedia sin teatro?.
Apenas hubo acabado la representación el muerto se alzó de las
parihuelas, los actores descendieron apresuradamente por el callejón y
se dirigieron a casa del doctor Gibilisco. Aquí la representación
comenzó de nuevo y, a lo largo del día, fue repetida muchas veces:
frente a la casa del doctor Milillo, en la iglesia, en el cuartel de los
carabinieri, en el ayuntamiento, en la plaza, en las diversas
calles, en Gagliano di Sopra y en Gagliano di Sotto, hasta que llegó la
noche y la bata del ángel me fue devuelta triunfalmente y todo el mundo
volvió a sus casas ".