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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
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 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: Cristo se paró en Eboli (S.C.)
Autor: 
Carlo Levi, 1945.
Ed. Alfaguara. Madrid, 1980.
Traducción:  Antonio Colinas.
Título original:  Cristo si e fermato a Eboli.
Autor de la reseña: Asclepio. Médico de Familia.
 
 

p. 267-270

En 1935, en la Italia de Mussolini, Carlo Levi, licenciado en Medicina, pintor y literato, es detenido por actividades antifascistas y condenado al confinamiento en un pueblo perdido de la Lucania, en el Sur de Italia.  Sin experiencia previa en la asistencia médica, y sin pretenderlo, los campesinos comienzan a consultarle y a confiar en él.  El éxito profesional del Dr. Levi y las gestiones que emprende para luchar contra la malaria, endémica en la región, despiertan la envidia de los dos médicos titulares del pueblo, consiguiendo una orden de la autoridad de la provincia donde se le prohíbe terminantemente el ejercicio de la medicina.  El profundo malestar de la población, en una época de dictadura fascista, se manifiesta de una forma original:

"Un día vinieron a mi casa dos jóvenes a pedirme, con aire misterioso, que les prestara una de mis batas blancas de médico.  Me dijeron que no les preguntara para qué la querían: era un secreto; pero lo sabría al día siguiente.  La bata me la devolverían por la noche.  A la mañana siguiente, mientras paseaba por la plaza vi que la gente corría hacia la casa del podestá, delante de la cual se había detenido una pequeña muchedumbre.  También me acerqué yo y me abrieron paso.  Vi entonces que dentro de un círculo de hombres, mujeres y niños, espectadores apasionados, había comenzado sin palcos ni escenario, sobre el empedrado de la calle, una representación teatral.  Cada año, como luego supe, en estos primeros días de Cuaresma, los campesinos tenían por costumbre representar una especie de comedia improvisada.  Algunas veces, aunque raramente, era de carácter religioso, otras recordaban las gestas de los paladines o de los bandoleros; las más de las veces se trataba de escenas cómicas o bufas extraídas de la vida cotidiana.  Este año, afectados sus ánimos por los recientes acontecimientos, los campesinos habían imaginado un drama satírico, una especie de desahogo poético de sus sentimientos.

Todos los actores eran hombres, incluso aquellos que representaban papeles femeninos; se trataba de jóvenes campesinos amigos míos, pero a los que, sin embargo, no podía reconocer bajo sus extraordinarios disfraces.  El drama tenía una sola escena que los actores improvisaban.  Un coro de hombres y de mujeres anunció la llegada de un enfermo.  Y he aquí que llega un enfermo en unas parihuelas, con el rostro pintado de blanco y los ojos con cercos negros, así como manchas del mismo color en las mejillas, desencajadas como las de un muerto.  El enfermo estaba acompañado por su madre, que lloraba y que no hacía más que repetir: «Hijo mío, hijo mío», palabras que repetía continuamente, a lo largo de toda la representación, como un monótono y triste acompañamiento. Al lado del enfermo, al ser llamado por el coro, acudía un hombre vestido de blanco, que llevaba mi bata, que se disponía a atenderlo; pero he aquí que para impedírselo apareció un viejo vestido con negros ropajes y con una perilla de cabra.  Los dos médicos, el blanco y el negro, el espíritu del bien y el del mal, luchaban, como el ángel y el demonio, alrededor de aquel cuerpo que yacía en las parihuelas y se lanzaban frases satíricas e hirientes.  Ya el ángel dominaba la situación, cuando llegó corriendo un romano de rostro monstruoso y feroz que obligó a que el hombre blanco se marchara.  El hombre de negro, el profesor Bestianelli (corrupción de Bastianelli, que también es célebre entre estos campesinos) se quedó dueño de la situación.  Dio un corte a los vestidos del enfermo y, con un rápido movimiento de la mano, extrajo fuera de la herida una vejiga de intestino de cerdo que allí se hallaba escondida.  Se volvió triunfante hacia el coro, que profería palabras y protestas de horror, con la vejiga orgullosamente enarbolada, Mientras gritaba: « ¡Aquí está el corazón! » Con una gruesa aguja atravesó aquel corazón del que salió un chorrito de sangre; mientras la madre y las mujeres del coro comenzaban a dolerse por el muerto.  Y así terminaba el drama.

Nunca he llegado a saber quién fue el autor; acaso no fuese uno sino varios, el conjunto de los actores.  Las bromas que recitaban se referían al problema que agitaba sus ánimos en aquellos días, pero la diplomacia campesina hacía, sí, que las alusiones no fueran nunca demasiado directas y que resultasen comprensibles y penetrantes, sin que llegaran a ser peligrosas.  Y, sobre todo, más allá de la sátira y de la protesta, el gusto por el arte los había arrastrado.  Cada uno vivía, en verdad, su papel.  La llorosa madre parecía una desesperada heroína de tragedia griega o una María de Iacopone; el enfermo ofrecía con realismo el rostro de un moribundo; el negro charlatán extraía la sangre del corazón con un placer feroz; el romano era un horrible monstruo, un dragón estatal; y el coro asistía y hacía comentarios con desesperada paciencia. ¿Era aquella especie de esquema clásico el recuerdo de un arte antiguo, reducido pobremente al residuo de un arte popular o también un espontáneo, original renacer, un lenguaje natural en estas tierras en las que la vida es toda una tragedia sin teatro?.

Apenas hubo acabado la representación el muerto se alzó de las parihuelas, los actores descendieron apresuradamente por el callejón y se dirigieron a casa del doctor Gibilisco.  Aquí la representación comenzó de nuevo y, a lo largo del día, fue repetida muchas veces: frente a la casa del doctor Milillo, en la iglesia, en el cuartel de los carabinieri, en el ayuntamiento, en la plaza, en las diversas calles, en Gagliano di Sopra y en Gagliano di Sotto, hasta que llegó la noche y la bata del ángel me fue devuelta triunfalmente y todo el mundo volvió a sus casas ".

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