Guías Clínicas      Ayuda en consulta      Medicamentos      Formación      Biblioteca virtual      Tienda 
 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
 Ana Karenina  Mapa    Buscador Avanzado
 

 
 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: Ana Karenina (S.C.)
Autor: 
Lev Tolstoi
Unidad Editorial.  Madrid, 1999.
Traducción:  I. Sureda y A. Santiago.
Título original:  Ana Karenina.
Autor de la reseña: Asclepio. Médico de Familia.
 
 

León Tolstoi, magnífico autor de "La muerte de Ivan Ilich", narra en esta larga novela un tema de moda en los finales del siglo XIX: la historia del adulterio de una mujer casada.  Como en Madame Bovary (1856) o en la Regenta, Ana Karenina se enfrenta a la sociedad de la época para vivir lo que ella cree "el verdadero amor".

Kitty, una chica muy joven y la menor de las tres hijas de una acomodada familia de Moscú, acaba de sufrir un enorme desengaño amoroso que la sume en un auténtico "mal de amores" (véase la iconografía de las enfermas de mal de amores en la página de La visita del doctor). Nadie relaciona sus trastornos físicos con su estado emocional. Cuando esperaba ser solicitada en matrimonio por un joven, apuesto, rico y noble militar, descubre que éste acaba de abandonar Moscú fascinado por Ana Karenina, la cuñada de su hermana Dolly.

En la escena que transcribimos a continuación, asistimos a una consulta médica, tal como se realizaba en las casas de la alta burguesía rusa.

Tomo I. Segunda parte (págs. 124 - 127)

Hacia el fin del invierno, los Scherbazki tuvieron consulta médica sobre Kitty; la muchacha se sentía muy débil y la aproximación de la primavera no hacía más que empeorar el mal.  El médico de la familia le había recetado aceite de hígado de bacalao, después hierro y, finalmente, nitrato de plata, pero como ninguno de esos remedios dio resultado, aconsejó como último recurso un viaje al extranjero.  La familia decidió entonces consultar a un médico que gozaba de gran fama. Éste, hombre joven aún y bien parecido, exigió un examen completo de la enferma.  Insistía con cierta complacencia en que el pudor de las doncellas no es más que un resto de barbarie ancestral; y no veía por qué un hombre, aun cuando joven, no pudiera auscultar a una muchacha a medio vestir.

Como hacía eso todos los días y no experimentaba ninguna emoción, evidentemente había de considerar el pudor de las jovencitas como un resto de barbarie y hasta como una ofensa personal.

Había que resignarse, porque, aunque todos los médicos hubiesen estudiado los mismos libros, seguido los mismos cursos y practicado por tanto una misma ciencia, no se sabe por qué motivos se había decidido que sólo ese famoso médico - que algunos por otra parte consideraban como un zarramplín - podía salvar a Kitty.

Después de un cabal examen de la muchacha, confusa y azorada, el célebre médico se lavó cuidadosamente las manos y regresó al salón para informar al príncipe. Éste le escuchó tosiendo y con aire serio.  El príncipe, hombre de edad, que no era necio y gozaba de muy buena salud, no creía en la medicina y le irritaba esa comedia, pues era quizás el único que adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty. «Ese magnífico charlatán seria muy capaz de volver con las manos vacías», pensaba, expresando con esos términos su opinión sobre el diagnóstico del médico.

Por su parte, el doctor disimulaba mal su desdén por ese anciano caballero.  Siendo la princesa, evidentemente, la dueña de la casa, apenas le dirigía la palabra, y sólo para ella guardaba, las perlas de su elocuencia.

La princesa no tardó en regresar con el médico de la familia, y el príncipe se alejó para no evidenciar demasiado lo que pensaba de esa farsa.  La princesa estaba muy conturbada; se sentía culpable con respecto a Kitty, y no sabía qué hacer.

- Bien, doctor, decida nuestra suerte; díganoslo todo. Quería añadir: «¿Hay esperanzas?», pero sus labios temblaron, y solamente murmuró:

- ¿Qué, doctor?

- Permítame, princesa, que consulte primero con mi colega; luego tendré el honor de darle mí parecer.

- ¿Es necesario dejarles solos?

- Como usted quiera.  La princesa lanzó un suspiro y salió.

Una vez solos, el médico de la familia manifestó tímidamente su opinión. Según él, se trataba de una tuberculosis incipiente, si bien...

En medio de la disertación, el célebre médico echó una ojeada a su gran reloj de oro.

Su colega se calló respetuosamente.

- No podemos, como usted sabe, precisar el principio del proceso tuberculoso; antes de la aparición de las cavernas no se puede asegurar nada.  Sin embargo, en el caso actual hay ciertos síntomas, como la mala nutrición, nerviosidad y otros, que nos hacen temer esa enfermedad.  La cuestión es ésta: dado que hay motivos para suponer la existencia de un proceso tuberculoso, ¿qué hacer para activar la nutrición?.

- No perdamos de vista las causas morales - se permitió observar el médico de la familia, con una sonrisa sutil.

- Claro está - le respondió la eminencia médica tras echar una nueva mirada a su reloj-.  Pero permítame. ¿Sabe usted si el puente de Laouza está reparado ya o si hay que dar la vuelta todavía?... ¿Está arreglado ya?  Entonces me bastarán cinco minutos... Como decíamos, lo importante aquí es regularizar la alimentación y fortalecer los nervios.  Una cosa va ligada a la otra, y es necesario obrar en las dos mitades del círculo.

- ¿Y un viaje al extranjero?

- No me satisfacen esos viajes.  Además, si es un caso de tuberculosis, ¿de qué serviría ese viaje?  Lo esencial es hallar el medio de proporcionar una buena alimentación sin perjudicar al organismo.

Y el médico famoso expuso un plan curativo a base de aguas de Soden, cuyo mérito principal consistía en su inocuidad.  Su colega le escuchaba con atención respetuosa.

- Sin embargo, un viaje al extranjero es siempre beneficioso y tiene sus ventajas, como el cambio de costumbres, el alejamiento de un ambiente propio para recordar cosas molestas.  Y su madre lo desea.

- ¡Pues, bien, que se marchen!... Con tal de que esos charlatanes alemanes no le agraven el mal... sería mejor que siguieran sus prescripciones.  Pero, bien, que vayan.

Miró de nuevo el reloj.

- ¡Oh!  Debo irme - dijo, y se dirigió hacia la puerta.

El ilustre médico manifestó a la princesa - atendiendo a su interés profesional- que deseaba examinar otra vez a Kitty.

- ¿Cómo? exclamó la madre, sorprendida -. ¿Quiere usted empezar de nuevo el examen?

- No, no, princesa; sólo unos detalles.

- Bien, hágalo, pues.

Y la princesa acompañó al médico al saloncito de Kitty. Ésta, muy delgada, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes por la vergüenza que había sentido en la primera visita médica, estaba de pie en medio de la habitación.  Cuando los vio entrar sus ojos se llenaron de lágrimas y enrojeció aún más.  El tratamiento que le imponían le parecía absurdo; tan absurdo como querer reconstruir un jarro roto, reuniendo los fragmentos dispersados. ¿Podían curar las heridas de su corazón con píldoras y drogas?  Pero no se atrevía a contrariar a su madre, que, por otra parte, se sentía culpable.

- Siéntese, señorita, por favor - dijo el médico famoso. Él se sentó enfrente de ella, le tomó el pulso, y le hizo una serie de enojosas preguntas.

Ella le respondía al principio, pero después, impaciente, se levantó.

- Perdóneme, doctor, pero todo eso no conduce a nada.  Por tres veces me ha hecho usted la misma pregunta.

El médico famoso se sintió ofendido.

- Irritabilidad enfermiza - dijo éste a la princesa cuando Kitty hubo salido -.  De todos modos, ya había terminado.

Y el médico explicó a la princesa el estado de su hija, empleando para ello términos científicos como si se dirigiera a una persona de inteligencia excepcional.  Terminó recomendando con insistencia esa cura de aguas que de poco o de nada había de servirle.  El doctor reflexionó profundamente sobre la cuestión del viaje al extranjero, y luego dijo que podían irse, pero que no escuchasen a los charlatanes y siguiesen únicamente sus prescripciones.

Cuando el médico hubo salido, la madre se sintió muy aliviada, regresó contenta a la habitación de su hija; y ésta fingía también estarlo, pues con frecuencia se veía ahora obligada a recurrir al disimulo.

Dolly llegó poco después de marchar el médico.  Había dado a luz a una niña a fines de invierno, y tenía sus propias preocupaciones y sus penas; pero como sabía que debía celebrarse una consulta de médicos ese día, había dejado a la recién nacida y a otra de sus hijas que estaba enferma, para acudir a casa de Kitty.

- Estáis muy alegres - comentó, entrando en el salón, sin quitarse el sombrero -.  Veo que todo va bien.

Procuraron contarle lo que había dicho el médico, pero aunque éste había hablado muy bien y durante largo rato, no supieron referirle con exactitud lo que él dijera.  Pero había autorizado el viaje al extranjero, y eso era lo único que importaba.

Publicidad

 
 
 
 

Buscar o comprar
un libro...


Arriba  
© 2008 fisterra.com Imprimir Página Tamaño de letra pequeño Tamaño de letra normal Tamaño de letra grande Mis Datos | Contacto-Sugerencias | FAQ's |Condiciones de uso | Política de privacidad | Aviso legal