León Tolstoi, magnífico autor de "La muerte de
Ivan Ilich", narra en esta larga novela un tema de moda en los
finales del siglo XIX: la historia del adulterio de una mujer casada.
Como en Madame Bovary (1856) o en la Regenta, Ana Karenina se enfrenta a
la sociedad de la época para vivir lo que ella cree "el verdadero amor".
Kitty, una chica muy joven y la menor de las tres hijas de una acomodada
familia de Moscú, acaba de sufrir un enorme desengaño amoroso que la
sume en un auténtico "mal de amores"
(véase la iconografía de las enfermas de mal de amores en la página de
La visita del doctor). Nadie relaciona sus trastornos
físicos con su estado emocional. Cuando esperaba ser solicitada en
matrimonio por un joven, apuesto, rico y noble militar, descubre que
éste acaba de abandonar Moscú fascinado por Ana Karenina, la cuñada de
su hermana Dolly.
En la escena que transcribimos a continuación, asistimos a una consulta
médica, tal como se realizaba en las casas de la alta burguesía rusa.
Tomo I.
Segunda parte (págs. 124 - 127)
Hacia el fin del invierno, los Scherbazki tuvieron consulta médica sobre
Kitty; la muchacha se sentía muy débil y la aproximación de la primavera
no hacía más que empeorar el mal. El médico de la familia le había
recetado aceite de hígado de bacalao, después hierro y, finalmente,
nitrato de plata, pero como ninguno de esos remedios dio resultado,
aconsejó como último recurso un viaje al extranjero. La familia decidió
entonces consultar a un médico que gozaba de gran fama. Éste, hombre
joven aún y bien parecido, exigió un examen completo de la enferma.
Insistía con cierta complacencia en que el pudor de las doncellas no es
más que un resto de barbarie ancestral; y no veía por qué un hombre, aun
cuando joven, no pudiera auscultar a una muchacha a medio vestir.
Como hacía eso todos los días y no experimentaba ninguna emoción,
evidentemente había de considerar el pudor de las jovencitas como un
resto de barbarie y hasta como una ofensa personal.
Había que resignarse, porque, aunque todos los médicos hubiesen
estudiado los mismos libros, seguido los mismos cursos y practicado por
tanto una misma ciencia, no se sabe por qué motivos se había decidido
que sólo ese famoso médico - que algunos por otra parte consideraban
como un zarramplín - podía salvar a Kitty.
Después de un cabal examen de la muchacha, confusa y azorada, el célebre
médico se lavó cuidadosamente las manos y regresó al salón para informar
al príncipe. Éste le escuchó tosiendo y con aire serio. El príncipe,
hombre de edad, que no era necio y gozaba de muy buena salud, no creía
en la medicina y le irritaba esa comedia, pues era quizás el único que
adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty. «Ese magnífico charlatán
seria muy capaz de volver con las manos vacías», pensaba, expresando con
esos términos su opinión sobre el diagnóstico del médico.
Por su parte, el doctor disimulaba mal su desdén por ese anciano
caballero. Siendo la princesa, evidentemente, la dueña de la casa,
apenas le dirigía la palabra, y sólo para ella guardaba, las perlas de
su elocuencia.
La princesa no tardó en regresar con el médico de la familia, y el
príncipe se alejó para no evidenciar demasiado lo que pensaba de esa
farsa. La princesa estaba muy conturbada; se sentía culpable con
respecto a Kitty, y no sabía qué hacer.
-
Bien, doctor, decida nuestra suerte; díganoslo todo. Quería añadir:
«¿Hay esperanzas?», pero sus labios temblaron, y solamente murmuró:
-
¿Qué, doctor?
-
Permítame, princesa, que consulte primero con mi colega; luego tendré el
honor de darle mí parecer.
-
¿Es necesario dejarles solos?
-
Como usted quiera. La princesa lanzó un suspiro y salió.
Una vez solos, el médico de la familia manifestó tímidamente su opinión.
Según él, se trataba de una tuberculosis incipiente, si bien...
En medio de la disertación, el célebre médico echó una ojeada a su gran
reloj de oro.
Su colega se calló respetuosamente.
-
No podemos, como usted sabe, precisar el principio del proceso
tuberculoso; antes de la aparición de las cavernas no se puede asegurar
nada. Sin embargo, en el caso actual hay ciertos síntomas, como la mala
nutrición, nerviosidad y otros, que nos hacen temer esa enfermedad. La
cuestión es ésta: dado que hay motivos para suponer la existencia de un
proceso tuberculoso, ¿qué hacer para activar la nutrición?.
-
No perdamos de vista las causas morales - se permitió observar el médico
de la familia, con una sonrisa sutil.
-
Claro está - le respondió la eminencia médica tras echar una nueva
mirada a su reloj-. Pero permítame. ¿Sabe usted si el puente de Laouza
está reparado ya o si hay que dar la vuelta todavía?... ¿Está arreglado
ya? Entonces me bastarán cinco minutos... Como decíamos, lo importante
aquí es regularizar la alimentación y fortalecer los nervios. Una cosa
va ligada a la otra, y es necesario obrar en las dos mitades del
círculo.
-
¿Y un viaje al extranjero?
-
No me satisfacen esos viajes. Además, si es un caso de tuberculosis,
¿de qué serviría ese viaje? Lo esencial es hallar el medio de
proporcionar una buena alimentación sin perjudicar al organismo.
Y el médico famoso expuso un plan curativo a base de aguas de Soden,
cuyo mérito principal consistía en su inocuidad. Su colega le escuchaba
con atención respetuosa.
-
Sin embargo, un viaje al extranjero es siempre beneficioso y tiene sus
ventajas, como el cambio de costumbres, el alejamiento de un ambiente
propio para recordar cosas molestas. Y su madre lo desea.
-
¡Pues, bien, que se marchen!... Con tal de que esos charlatanes alemanes
no le agraven el mal... sería mejor que siguieran sus prescripciones.
Pero, bien, que vayan.
Miró de nuevo el reloj.
-
¡Oh! Debo irme - dijo, y se dirigió hacia la puerta.
El ilustre médico manifestó a la princesa - atendiendo a su interés
profesional- que deseaba examinar otra vez a Kitty.
-
¿Cómo? exclamó la madre, sorprendida -. ¿Quiere usted empezar de nuevo
el examen?
-
No, no, princesa; sólo unos detalles.
-
Bien, hágalo, pues.
Y la princesa acompañó al médico al saloncito de Kitty. Ésta, muy
delgada, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes por la
vergüenza que había sentido en la primera visita médica, estaba de pie
en medio de la habitación. Cuando los vio entrar sus ojos se llenaron
de lágrimas y enrojeció aún más. El tratamiento que le imponían le
parecía absurdo; tan absurdo como querer reconstruir un jarro roto,
reuniendo los fragmentos dispersados. ¿Podían curar las heridas de su
corazón con píldoras y drogas? Pero no se atrevía a contrariar a su
madre, que, por otra parte, se sentía culpable.
-
Siéntese, señorita, por favor - dijo el médico famoso. Él se sentó
enfrente de ella, le tomó el pulso, y le hizo una serie de enojosas
preguntas.
Ella le respondía al principio, pero después, impaciente, se levantó.
-
Perdóneme, doctor, pero todo eso no conduce a nada. Por tres veces me
ha hecho usted la misma pregunta.
El médico famoso se sintió ofendido.
-
Irritabilidad enfermiza - dijo éste a la princesa cuando Kitty hubo
salido -. De todos modos, ya había terminado.
Y
el médico explicó a la princesa el estado de su hija, empleando para
ello términos científicos como si se dirigiera a una persona de
inteligencia excepcional. Terminó recomendando con insistencia esa cura
de aguas que de poco o de nada había de servirle. El doctor reflexionó
profundamente sobre la cuestión del viaje al extranjero, y luego dijo
que podían irse, pero que no escuchasen a los charlatanes
y siguiesen únicamente sus prescripciones.
Cuando el médico hubo salido, la madre se sintió muy aliviada, regresó
contenta a la habitación de su hija; y ésta fingía también estarlo, pues
con frecuencia se veía ahora obligada a recurrir al disimulo.
Dolly llegó poco después de marchar el médico. Había dado a luz a una
niña a fines de invierno, y tenía sus propias preocupaciones y sus
penas; pero como sabía que debía celebrarse una consulta de médicos ese
día, había dejado a la recién nacida y a otra de sus hijas que estaba
enferma, para acudir a casa de Kitty.
-
Estáis muy alegres - comentó, entrando en el salón, sin quitarse el
sombrero -. Veo que todo va bien.
Procuraron contarle lo que había dicho el médico, pero aunque éste había
hablado muy bien y durante largo rato, no supieron referirle con
exactitud lo que él dijera. Pero había autorizado el viaje al
extranjero, y eso era lo único que importaba.