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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
 Patrimonio. Una historia verdadera.  Mapa    Buscador Avanzado
 

 

 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: Patrimonio. Una historia verdadera.
Autor: 
Philip Roth.
Editorial: Seix Barral, 2003. 239 páginas.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
 
 

El hecho de que la actividad que he desarrollado de un modo tan imperfecto haya sido y siga siendo todavía para mí una fuente inagotable de placer, me induce a pensar que la imperfección en el cumplimiento de la tarea que nos hemos fijado o que nos ha sido asignada quizá sea más acorde con la naturaleza humana, imperfecta como es, que la perfección. (1)

Philip Roth nació en Nueva Jersey en 1933.  Fue profesor de literatura inglesa hasta 1992, año en que decidió abandonar la enseñanza para dedicarse por completo a la escritura.  En la década de los 90 sus obras recibieron varios de los principales premios literarios que existen en los Estados Unidos.  Patrimonio obtuvo el National Book Critics Circle Award de 1991.

Herman Roth, un viudo de ochenta y seis años, se levantó como cada mañana y se miró en el espejo del cuarto de baño. Cuando vio que su cara había perdido la simetría, se dio cuenta de que algo marchaba mal.  La explicación se encontraba en su cerebro.  Un enorme tumor, que luego se sabría que era de naturaleza benigna, estaba manifestándose a través de una parálisis facial.

Philip Roth, su hijo, nos cuenta su vivencia sobre todo lo que sucedió a partir de ese momento: las visitas a los diferentes médicos, la biopsia que indicaría que el tumor era benigno, los pro y los contra de operar, la decisión de no intervenir ante las importantes y más que probables secuelas y la dificultad del postoperatorio en una persona de avanzada edad, el deterioro progresivo de Herman y, finalmente, su muerte.  Philip Roth, a través de la enfermedad de su padre, nos hace partícipe de su reflexiones y de su reencuentro con éste. En sus palabras hay una enorme dosis de amor.  El amor del que cuida al que anteriormente nos cuidó.  El amor hacia los seres humanos en general y el de los hijos hacia los padres en particular.  Un sentimiento, por tanto, necesariamente imperfecto y lleno de contradicciones pues, ¿no es un hecho que a medida que nos vamos haciendo adultos los defectos de nuestros progenitores pasan de lo incomprensible a lo comprensible y de lo insoportable a lo aceptable?  La falibilidad de quienes han guiado nuestros pasos ya no nos incomoda: no hace sino reflejar la propia.

“Le faltó poco para echarse a llorar, al verme.  En el tono más desesperado que quizá le haya oído nunca a nadie, me dijo......: Me he cagado.  Había mierda por todas partes......No pasa nada -le dije-, no pasa nada.  En seguida lo arreglamos todo......Agarra el jabón y empieza desde el principio, le dije, y mientras él, obedientemente, se iba enjabonando todo el cuerpo, yo hice un montón con su ropa....Volví de puntillas al dormitorio, y allí seguía él, durmiendo, respirando, aún vivo, todavía conmigo: un contratiempo más que superaba aquel hombre que yo llevaba desde siempre conociendo por padre.....No podía tener más claro por qué todo aquello esta bien y era lo que tenía que ser.....De modo que esto era el patrimonio.  Y no porque limpiarlo simbolizara alguna otra cosa, sino precisamente porque no, porque no era sino la realidad vivida que era”.

(1) Montalcini R.L.  Elogio de la imperfección.  Barcelona: Ediciones B, 1998; 15.

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