El hecho de que la
actividad que he desarrollado de un modo tan imperfecto haya sido y siga
siendo todavía para mí una fuente inagotable de placer, me induce a
pensar que la imperfección en el cumplimiento de la tarea que nos hemos
fijado o que nos ha sido asignada quizá sea más acorde con la naturaleza
humana, imperfecta como es, que la perfección. (1)
Philip Roth nació en
Nueva Jersey en 1933. Fue profesor de literatura inglesa hasta 1992,
año en que decidió abandonar la enseñanza para dedicarse por completo a
la escritura. En la década de los 90 sus obras recibieron varios de los
principales premios literarios que existen en los Estados Unidos.
Patrimonio obtuvo el National Book Critics Circle Award de 1991.
Herman Roth, un viudo de
ochenta y seis años, se levantó como cada mañana y se miró en el espejo
del cuarto de baño. Cuando vio que su cara había perdido la simetría, se
dio cuenta de que algo marchaba mal. La explicación se encontraba en su
cerebro. Un enorme tumor, que luego se sabría que era de naturaleza
benigna, estaba manifestándose a través de una parálisis facial.
Philip Roth, su hijo,
nos cuenta su vivencia sobre todo lo que sucedió a partir de ese
momento: las visitas a los diferentes médicos, la biopsia que indicaría
que el tumor era benigno, los pro y los contra de operar, la decisión de
no intervenir ante las importantes y más que probables secuelas y la
dificultad del postoperatorio en una persona de avanzada edad, el
deterioro progresivo de Herman y, finalmente, su muerte. Philip Roth, a
través de la enfermedad de su padre, nos hace partícipe de su
reflexiones y de su reencuentro con éste. En sus palabras hay una enorme
dosis de amor. El amor del que cuida al que anteriormente nos cuidó.
El amor hacia los seres humanos en general y el de los hijos hacia los
padres en particular. Un sentimiento, por tanto, necesariamente
imperfecto y lleno de contradicciones pues, ¿no es un hecho que a medida
que nos vamos haciendo adultos los defectos de nuestros progenitores
pasan de lo incomprensible a lo comprensible y de lo insoportable a lo
aceptable? La falibilidad de quienes han guiado nuestros pasos ya no
nos incomoda: no hace sino reflejar la propia.
“Le faltó poco para echarse a llorar, al verme.
En el tono más desesperado que quizá le haya oído nunca a nadie, me
dijo......: Me he cagado. Había mierda por todas partes......No pasa
nada -le dije-, no pasa nada. En seguida lo arreglamos todo......Agarra
el jabón y empieza desde el principio, le dije, y mientras él,
obedientemente, se iba enjabonando todo el cuerpo, yo hice un montón con
su ropa....Volví de puntillas al dormitorio, y allí seguía él,
durmiendo, respirando, aún vivo, todavía conmigo: un contratiempo más
que superaba aquel hombre que yo llevaba desde siempre conociendo por
padre.....No podía tener más claro por qué todo aquello esta bien y era
lo que tenía que ser.....De modo que esto era el patrimonio. Y
no porque limpiarlo simbolizara alguna otra cosa, sino precisamente
porque no, porque no era sino la realidad vivida que era”.
(1) Montalcini
R.L. Elogio de la imperfección. Barcelona: Ediciones B, 1998; 15.