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La Medicina en los
Libros y Literatura |
Título: En la cabecera de
los protagonistas de la Historia

Autor: Néstor Luján.
Editorial: Doyma, 1992. 128 páginas. |
| Autora de la reseña:
Carolina
Botella Dorta |
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Néstor Luján nació en
Mataró en 1922 y falleció víctima de un cáncer de laringe en Barcelona
(1995). A principios de los años 40 se licenció en filosofía y letras y
en 1952 obtuvo el título de periodista. En el año 1943 se incorporó a
la plantilla del semanario Destino, publicación de la que fue
director desde 1958 hasta 1975. Igualmente, dirigió la revista
Historia y Vida durante el periodo 1975-92. Fue un escritor muy
prolífico, tanto por la cantidad como por la variedad de géneros y temas
que abordó. Como él mismo afirmaba: “he escrito desde enterramientos,
cuando era redactor del Noticiero Universal, hasta editoriales
políticos pasando por la crítica de toros, literaria, de boxeo y tenis,
de ballet y música, crónicas de viajes y evocaciones históricas,
reportajes políticos y crónicas gastronómicas”. Recibió numerosos
premios: Premio Nacional de Gastronomía (1974); Premio Plaza & Janés
(1987) por Decidnos, ¿quién mató al conde?; finalista del Premio
Planeta (1991) por Los espejos paralelos; Premi Pere Quart
d`humor i sátira (1992) por Les tres glorioses; Premio
Encuentro de Extremadura y América (1992) por La puerta de oro;
Premi Ramon Llull (1994) por La Rambla fa Baixada; y
Premi Sant Jordi (1995) por Els fantasmes del Trianon.
Además, fue miembro de la Real Academia Nacional de Medicina y oficial
de L´Ordre des Arts et des Lettres de France. Igualmente,
fue galardonado con la Creu de Sant Jordi.
En la introducción del libro que
nos ocupa, Néstor Luján confiesa que cuando en 1971 la dirección de la
revista Jano le encargó una sección semanal sobre personajes históricos
célebres y sus enfermedades, se consideró incapaz de dicha labor: “me
faltaban conocimientos médicos, una bibliografía manejable, e incluso el
empuje y la imaginación para desempeñar esta tarea con cierto rigor”.
Finalmente, y ante la insistencia de quienes le hacían la propuesta, se
lanzó a llevarla a cabo y así continuó durante unas mil semanas.
En el año 1971 yo ni
siquiera había nacido. A ver si me explico. Lo que quiero decir es que
el proyecto de médico que yo era ni siquiera había comenzado a gestarse,
pues pertenezco a la decimotercera promoción de medicina de la
Universidad de La Laguna (1980-86). Eso significa que desde mi primer
contacto con la medicina hasta el día en que Néstor Luján dejó de
escribir En la cabecera de los protagonistas de la historia,
estos estupendos y entrañables textos han sido una constante en mi vida
profesional, y eso que nunca me he suscrito a la revista Jano pues –como
supongo que le habrá pasado a muchos otros compañeros- siempre la he
recibido gratuitamente.
Los artículos de En
la cabecera... se ciñen a una serie de características: una
extensión de tres o cuatro páginas, una excelente iconografía (de tres a
cinco imágenes), una primera parte en la que se describe la enfermedad
que padeció y/o que llevó a la muerte al protagonista del que se trata y
una segunda parte en la que se aborda su biografía, con especial
atención a los aspectos humanos de su vida.
Los personajes que aparecen
retratados en esta obra son los siguientes (se ha respetado el título
original de cada artículo y entre paréntesis se ha añadido la enfermedad
que padecieron y/o que les llevó a la muerte): |
- La muerte de Alejando Magno (fiebre amarilla).
- Carlomagno, el emperador de la barba florida
(pleuresía).
- La gota del caudillo Almanzor (gota).
- Guillermo, llamado el Conquistador (septicemia).
- Un rey de educación francesa, Ricardo Corazón de León
(paludismo).
- Jaime I el Conquistador, un rey de leyenda (diarrea
aguda).
- El Príncipe Negro muere sin llegar a ser rey (hepatitis
víricas).
- El beato Fra Angélico (fiebre).
- Giovanni Bellini, pintor veneciano (la vejez).
- El maestro Antonello da Messina (pleuritis).
- Sandro Botticelli y el Renacimiento florentino (senilismo).
- La inalterable belleza de Diana de Poitiers (sepsis
tuberculosa).
- Las cuatro mujeres de Felipe II (fiebre puerperal).
- La Reina Virgen, Isabel I de Inglaterra (reuma
deformante).
- Claudio Monteverdi y la ópera (síndrome febril).
- La gota fiera de Rubens (gota crónica).
- Conde-Duque de Olivares o la desdicha de mandar
(septicemia).
- Los ocios de Isaac Walton (senectud).
- Velázquez, una vida serena y cortesana (pancreatitis
aguda).
- El malogrado príncipe Baltasar Carlos (paludismo).
- Montesquieu, el magistrado irónico (gripe).
- El maestro Joseph Haydn (neumonía).
- Luis Felipe, rey de los franceses (neumonía).
- Un misterio de la música, Rossini (dispepsia).
- El “buitre interior” de Alfred de Vigny (cáncer de
estómago).
- El espíritu de Francia, Víctor Hugo (infecciones
respiratorias).
- Una vida intensa, George Sand (oclusión intestinal).
- Un mito llamado Wagner (angina de pecho).
- El gigante enfermo, Karl Marx (hepatitis crónica).
- Tolstoi, místico y depresivo (bronconeumonía
bacteriana).
- El emperador Francisco José (bronconeumonía).
- Auguste Rodin, poderoso y frágil (neumonía).
- El artritismo de Auguste Pierre Renoir (reumatismo
deformante).
- La salud insolente de George Bernard Shaw
(osteoporosis).
- Un gran escritor inglés, el polaco Joseph Conrad
(artritis reumatoide).
- Marie Curie, dos veces Nobel (anemia perniciosa).
- El dinamismo de Paul Morand (enfermedades de la vejez).
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Para concluir y, por diferentes motivos, reproducimos algunos
fragmentos de estos artículos: |
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En Un
misterio de la música, Rossini, nos llama la atención la
clasificación de la dispepsia: “La dispepsia consiste en una
digestión defectuosa en un intestino sano. Entran en el colon
grandes cantidades de alimento no aprovechado, donde las
bacterias lo descomponen. Existen dos tipos fundamentales de
dispepsia: la de fermentación y la de putrefacción”.
En El
gigante enfermo, Karl Marx, se nos dibuja esa sonrisa
cómplice que a veces esbozamos ante aquellos que son amigos de
los excesos: “Tenía una gran capacidad de trabajo, una
extraordinaria resistencia física y un apetito de ogro. Era,
por otra parte, un glotón casi épico: gustaba de los platos
muy especiados, de comer grandes cantidades de caviar y
pescados ahumados en los momentos opulentos de su vida. Era
capaz entonces de beber varias botellas de Mosela o del
Palatinado porque gustaba, así mismo, de los vinos tintos de
su país, el Palatinado, y de los aguardientes blancos de
cereza y frambuesa. En Inglaterra bebía Burdeos y Oporto en
cantidad y cerveza a raudales. Fumaba mucho, unos cigarros
negros, bravos y hediondos, que afectaron bien pronto a sus
bronquios que eran ciertamente frágiles, por herencia materna,
a pesar de su aspecto gigantesco, titánico”.
Sin embargo,
en Una vida intensa, George Sand, el gesto que se nos
compone es de dolor: “Toda su vida gozó de una salud
excelente. Al parecer, la vida campestre la mantuvo en forma
hasta muy avanzada edad. Pensemos que a los 70 años todavía
nadaba en las frías aguas del río. Así lo escribía a Gustave
Flaubert: todos los días me sumerjo en el río y recupero
totalmente mis fuerzas en este frío y sombreado riachuelo que
adoro y en el que paso tantas horas de mi vida rehaciéndome
después de unas sesiones demasiado largas de conversación con
el tintero.... En mayo de 1876 todavía se encontraba
perfectamente. El 20 de mayo fue a visitar el consultorio del
doctor Marc Chabenat porque desde hacía quince días estaba
aquejada de un estreñimiento pertinaz pero tenía el cerebro
tan despejado como siempre y gozaba de buen apetito... El
caso es que la semana siguiente sufrió espantosos dolores
abdominales y se hizo visitar por el doctor Papet quien,
lúgubremente, diagnosticó una oclusión intestinal añadiendo
que estaba perdida... Sufrió terriblemente durante 7 días más
para fallecer en Nohant la noche del 7 al 8 de junio”.
Finalmente, en El beato Fra Angélico,
lo que sentimos es una sincera emoción: “En el último año de
su vida, Fra Angélico retornó a Roma, llamado por el Papa.
Residió en el convento de la Minerva que pertenecía así mismo
a la orden de los predicadores dominicos y allí enfermó, al
parecer de fiebre... Bien pronto se percataron los monjes,
angustiados por la tremenda responsabilidad de tratar la
enfermedad de Fra Angélico, que el gran pintor entraba en
agonía. Impotentes para ponerle remedio, se obligaron, según
la tradición dominica, a cantar la Salve Regina, aquel cántico
a la Virgen que había acompañado al pintor durante toda su
vida monástica. Pero el pintor falleció. Quiere la tradición
que en el momento de exhalar su último suspiro, una lágrima
resbaló por las mejillas de todos los maravillosos ángeles de
sus cuadros, estuvieren donde estuvieren. Una perla
transparente y dorada. Era el 18 de febrero de 1455”. |
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