Esta ya la
has sacado alguna otra vez, me dice la chica del vídeo club. Yo le hago
un gesto de asentimiento con la cabeza para indicarle que ya lo sé.
La primera vez que vi esta película fue en el cine, hace unos diez o
doce años. Ya entonces me sorprendieron su sensibilidad y su
vehemencia. Ahora, más de una década después, con la experiencia
añadida que me da ese tiempo, sigo pensando que mi primera impresión era
acertada. Pero, ¿de qué trata “Mi padre”? Pues trata de todo. Más
bien debería decir que es un tratado audiovisual de 120 minutos de
duración acerca de algo tan viejo pero tan nuevo como es la vida.
Porque en “Mi padre” se habla de las personas y de la familia, de cómo
funciona esa familia antes y después de la irrupción de una enfermedad,
de cómo son las relaciones intergeneracionales, de cómo afectan el paso
de los años y la vejez a cada individuo del grupo y al grupo en su
conjunto y de cómo se integran la medicina, los médicos y los hospitales
en todo ese escenario. A raíz de la redacción de esta reseña me he dado
cuenta que el guión de la película lo escribió el propio director,
basándose en la novela del mismo título de William Wharton. No sé cómo
estará la novela, lo que si sé es que si algo me impacta de esta
historia es el aspecto audiovisual, cómo lo que se cuenta se multiplica
por la fuerza de la imagen, consiguiendo que el espectador se
conmueva. Así, cuando el personaje interpretado por Kathy Baker le dice
a su hermano, encarnado por Ted Danson, la frase de “papá se ha hecho
viejo, John”, el observador se emociona al recordar la figura de ese
padre (Jack Lemmon) recién levantado de la cama, con el pelo despeinado,
observándose en el espejo del cuarto de baño mientras su mano temblorosa
intenta decidir cuál de los utensilios que tiene delante de sí es el
cepillo de dientes. En fin, una historia intensa y verdadera en la que
muchos reconoceremos fragmentos de nuestra biografía, de la de nuestros
seres queridos y de la de nuestros pacientes.
Cuando
yo era pequeña, los cortes de luz eran cosa frecuente en mi barrio, por
lo que en cada habitación de mi casa había una palmatoria con su
correspondiente vela. Si se iba la luz, se escuchaba la voz de mi madre
o de mi padre diciendo aquello de: ¡todo el mundo quieto! Entonces era
uno de ellos quien se desplazaba en la oscuridad y encendía la vela que
le quedaba más cercana, para luego llevar esa llama al resto de las
habitaciones de la casa. Un día, una de las palmatorias apareció rota,
así que en la hora de la comida mis padres lo comentaron, pero ninguno
de sus siete hijos abrimos la boca. A eso de las ocho o las nueve de la
tarde, uno de mis hermanos se acercó a mi madre y le dijo: oye mamá,
ahora me estoy acordando que la palmatoria la rompí yo...Todo esto viene
a colación de que yo también me estoy acordado que la frase que encabeza
este comentario no la leí en ningún sitio, sino que es de mi invención...