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Los tuberculosos
han dejado de ser abogados, de ser ingenieros, comerciantes,
pintores, novios, insatisfechos amantes; han dejado en un
sitio ya remoto la carga pesadísima de sus jamás iguales
caracteres... Ahora ya no son más que enfermos, que enfermos
del pecho.1
Un hombre acude a una
localidad de montaña para luchar contra la tuberculosis que
padece.
Estaba inmóvil,
altísimo, de espaldas a la última barra de claridad de la
sierra, negro y despeinado. El viento sacudía su abrigo y lo
hacía restallar con un sonido confundible con el de la tos,
muy espaciada...
Una vieja en la
sierra había contado que se acercó un domingo a la casita para
pedir fósforos, que una ventana estaba abierta y que el
hombre, solo, de pie, desnudo, se miraba en el espejo de un
armario; movía los brazos, adelantaba una sonrisa curiosa, de
leve asombro. Y no era, reconstruía yo, no había sido que
terminaron de agitarse en la cama y el hombre fue atrapado por
el espejo al pasar. Se había desnudado lentamente frente al
armario para reconocerse, esquelético, con manchas de pelo que
eran agregados convencionales y no intencionadamente
sarcásticas, con la memoria insistente de lo que había sido su
cuerpo, desconfiado de que los fémures pudieran sostenerlo y
del sexo que colgaba entre los huesos. No solamente flaco en
el espejo, sino enflaquecido, a poco que se animara a mirar y
medir.
Un hombre que recibe
regularmente cartas de dos remitentes. Un hombre y dos
mujeres. ¿Un triángulo? Un triángulo que se convierte
abruptamente en cuadrado pues ahí llega la parca, a quien
nadie ha llamado pero que quiere hacerse un hueco en esta
geometría. ¿Un hombre y tres mujeres...? Sin embargo, muchas
veces las cosas no son lo que parecen y, en esta novela corta
–o en este relato largo- hay mucho espacio para la reflexión y
la sorpresa...
Sentí vergüenza y
rabia, mi piel fue vergüenza durante muchos minutos y dentro
de ella crecían la rabia, la humillación, el viboreo de un
pequeño orgullo atormentado. Pensé hacer unas cuantas cosas,
trepar hasta el hotel, y contarlo a todo el mundo, burlarme de
la gente de allá arriba como si yo lo hubiera sabido de
siempre [...] para no compartir la equivocación de los demás,
para no ayudar con mi deseo, inconsciente, a la derrota y al
agobio de la mujer que no se los merecía; pensé trepar hasta
el hotel y pasearme entre ellos sin decir una palabra de la
historia, teniendo la carta en las manos o en un bolsillo. |