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Durante la
conferencia ha dicho usted que en cada médico hay tres
personas: el galeno, el investigador, el maestro...
Martin Winckler
(Argel, 1955) procede de una familia judía sefardí. Ejerció
la medicina general en Francia hasta dedicarse definitivamente
a la literatura. En 1998 ganó el Premio Livre Inter
por la novela La enfermedad de Sachs. Los tres
médicos sigue teniendo como protagonista al doctor Bruno
Sachs, pero en esta ocasión la porción de su vida que
compartimos es anterior al de La enfermedad, ya que
aborda los siete años que Bruno pasa estudiando la carrera de
medicina. Al igual que en La enfermedad, la estructura
narrativa que utiliza Winckler es muy dinámica e ingeniosa,
empleando numerosas voces y estilos, ofreciéndonos así una
variada y rica gama de situaciones y de puntos de vista
mientras nos va haciendo avanzar con maestría a través de la
trama principal. En cuanto al contenido, en Los tres
médicos se reflexiona -al igual que en La enfermedad-
sobre la medicina y todo lo que conlleva su ejercicio. A
saber, dos grandes columnas y el arquitrabe al que sustentan:
los pacientes, no solo como dolientes, sino también como
personas que son mucho más que su enfermedad; los
profesionales sanitarios, no únicamente como técnicos, sino
también como seres humanos; y la relación
profesional-paciente, no ya como mero elemento de transmisión,
sino como verdadera vía de comunicación y, por tanto, de
humanización.
En un rincón de mi
biblioteca hay unos pocos libros a los que recurro de manera
habitual. En ellos me apoyo. Son mi paradigma, mi lugar de
remanso, mi fuerza motriz. Los tres médicos ya está en
ese anaquel especial, junto a La enfermedad de Sachs1,
el tratado de Medicina de Familia2 de
McWhinney y el manual de Entrevista Clínica3
de Borrel i Carrió. Precisamente, de este último, acabo de
releer estos dos párrafos:
“Mediocridad no
consiste en hacer las cosas mal, sino en no quererlas hacer
mejor. El profesional que se desliza hacia la mediocridad se
dice... “sólo hoy” me permitiré visitar un poco mal a
los pacientes, “sólo hoy” no me esforzaré por escuchar,
“sólo hoy” trataré de esquivar el sufrimiento de los
pacientes llenándoles de buenas palabras, “sólo hoy”...
Pero el “sólo hoy” deviene rutina”.
“Cada día, cuando
iniciamos nuestra jornada, tenemos un tiempo limitado para
realizar dos tipos de tarea: habituales y especiales.
Las primeras son problemas bien estandarizados: sabemos cómo
actuar. Las segundas requieren darnos tiempo para obtener
buenos datos y reprocesar (desmentirnos) las primeras
hipótesis que se nos ocurren, o permitir que afloren
emociones. Como vamos lanzados (con la quinta marcha), la
tentación de esquivar el problema o solucionarlo como si
fuera habitual, es muy grande. Por ello recomendamos una
mentalización inicial: “si surge un problema importante, o un
paciente que no sé exactamente qué le pasa, o que precisa un
espacio de querencia, tengo que detenerme. Debo detectar y
cultivar mi punto de perplejidad, y la paciencia”. |