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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
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LIBROS - LA PIEDRA EN EL CORAZON

 

 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: La piedra en el corazón
Autor: 
Luis Mateo Díez.
Editorial: Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg.  Madrid, 2006.  216 páginas.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
 

¿Tú te acuerdas de Rolando, aquél psiquiatra que tuvimos como especialista de referencia durante varios años?  Siempre lo rememoro con los brazos en alto mientras nos decía aquello de: “hagan el favor de no enviarme más crisis existenciales, lo nuestro son los locos y no las viudas ni los separados ni los que están nerviosos porque les hacen la vida imposible en el trabajo”.  Yo, te digo la verdad, a los pacientes con problemas mentales siempre los he dividido en dos: los que están locos y los que no lo están.  Tengo que reconocer que con los locos me siento incómoda, no los entiendo, no sé muy bien cómo llegar a ellos.  Según entran en la consulta ya estoy deseando que salgan...  Es complicado esto de las enfermedades mentales...

Según Ramón González Correales, coordinador del Módulo de Salud Mental de los Cursos a Distancia 300 horas de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria, las enfermedades mentales han acompañado siempre al ser humano [...]  Los asirios, los egipcios o los griegos ya conocían enfermedades como la depresión, la manía o la esquizofrenia.  Lo que varía en cada cultura es la conceptualización que de ellas se hace.  En el mundo antiguo la locura casi siempre era atribuida a causas sobrenaturales, bien fuera a la cólera de los dioses o a posesiones demoníacas.  Algo que no ha sido abandonado, en occidente, hasta épocas muy recientes en que las enfermedades mentales han comenzado a ser abordadas como enfermedades normalizadas.  Aún así quedan residuos de antiguas concepciones que están en la base de cómo se vive socialmente la enfermedad mental y hasta de la propia organización del sistema sanitario, donde la atención psiquiátrica está menos desarrollada de lo que sería deseable.1

 
 
La piedra no se refería, fácilmente lo puedes imaginar, a la dureza del corazón sino a su carácter impenetrable.
 

Liceo, Aurea y Nima forman una unidad familiar: padre, madre e hija.  En el momento de sus vidas en que transcurre La piedra en el corazón el núcleo ya está roto, tanto por los desencuentros propios de cualquier matrimonio como, y especialmente, por la enfermedad de su hija.  Nima sufre un desarreglo mental. Algo pasa en su interior que la convierte, de ordinario, en un ser ajeno y distante.  Sin embargo, cuando surge la crisis, cuando a Nima la controlan sus impulsos, la lejanía desaparece, se transforma en invasión.  La normalidad -ese estado que sus padres luchan tanto por conseguir-, una vez más, se volatiliza y el mundo vuelve a estar gobernado por el caos y la desazón. 

Como a todos los progenitores, a Liceo y a Aurea también les costó admitir que a su hija le pasaba algo:

Vino Nima, dijo Aurea cuando la niña no había cumplido once años, y no hizo otra cosa que sentarse en el suelo de la habitación con la coleta cogida de las manos, tirando de ella hasta hacerse daño.
Esa imagen les persigue, no con la exactitud de la misma porque el recuerdo no la graba de ese modo, sino con la conmoción de las observaciones desapercibidas que se reciclan en su inocuidad hasta recomponer las sucesivas instantáneas de una dramática advertencia.
No existe mejor coartada que la normalidad, nada hay de raro en lo que sucede en la inconsciencia de las cosas triviales de cada día.
La normalidad difumina la conciencia y contribuye a que todo sea anodino.
Estamos tan habituados a vernos en la convivencia cotidiana que, en alguna medida, dejamos de existir, nos hacemos anónimos.  La rutina borra nuestros actos, nuestros movimientos, lo que se repite se extingue y no hay otra huella de la repetición que la marca desvaída de la memoria.
Fue lo primero que llegamos a apreciar, dijo Liceo, aunque no éramos nada observadores y tardamos demasiado en percatarnos de lo que el daño suponía en la niña: un esfuerzo absurdo que se fue multiplicando sin que las lágrimas lo delataran y, sin embargo, en los momentos de rabia la coleta temblaba en sus manos como si la hubiese arrancado.

 
 

Luego vino la pena, el sufrimiento, la culpa, el intento de comprender y de recomponer lo que se había roto, las crisis, el cansancio, la desilusión y la búsqueda de una nueva paz; eso sí, espiritualmente tan cerca como Nima lo permitiese y físicamente viviendo cada uno alejado de los otros:

Entonces sentí que mi hija no estaba en el mundo, que había un más allá al que ni siquiera había que ir, un más allá cercano, inmediato, sin otra frontera que un espacio mental [...]  Una niña perdida que el mundo expulsaba con su incomprensión, ya que no se puede estar en el mundo sin entenderlo, en proporción a que el mundo te entienda y acepte, la vida necesita esos mínimos de equivalencia, aunque pueda producirse algún desequilibrio...

Esa pena, esa tristeza del recuerdo, se acumula a otros muchos incidentes, todos pequeños, anodinos y, sin embargo, suficientes para alimentar la culpabilidad, esa palabra que me tienes prohibida.
Nos la tenemos prohibida porque hemos hecho de ella un uso inmoderado, sin que nos haya servido de nada.
No estoy tan segura.  Sentirme culpable me ha ayudado para reconciliarme conmigo misma.  La culpabilidad era una parte sustancial del tributo que nos correspondía pagar, aunque ya sé que en esta historia nada se compra y se vende, no hay mercado.

La carta debiera permitirme decirte que no te entiendo, que no puedo comprender lo que te sucede, y que de todo lo que llevamos vivido tan cerca, y tan lejos, tan comprometidos y tan ajenos, lo que más me cuesta aceptar es esa sensación de riesgo inmediato que deriva de tu comportamiento y revela, nunca se sabe cómo y menos cuándo, cierta sensación de abismo a medio metro, una distancia de peligro y alerta por donde caminas y sin que nada tenga otra constatación que el presentimiento.

La mirada de Nima tiene el vidrio de las pastillas, esa humedad que trasluce un brillo de lejanía y ausencia parecido al de las tardes lluviosas que se reflejan en los cristales de las ventanas.
La química recompone el ánimo para amortiguar la ansiedad, y en la disolución que lastra la saliva y se esparce entre los jugos y los músculos como un aire ligero que lleva briznas de barro blanco, cristalizan algunas partículas que siembran de diminutos fulgores el vertido de su cuerpo enfermo [...]  El espíritu maltrecho de mi hija, piensa Liceo al mirarla.

No voy a discutir si fui o no fui una niña feliz, no sé si alguien podría decírmelo.  De la niña que fui tengo pocos recuerdos, ni gratos ni ingratos.  Cuando me veo en alguna foto de aquella edad no me reconozco, a veces me reconozco mucho mejor en otras fotos de niñas, en cualquier libro, en cualquier revista o en la imagen de una película o un documental.

No vuelvas a lo mismo, no me hagas repetirme, tampoco queda ninguna promesa que hacer, después de haber hecho tantas y haberlas incumplido todas [...]  El alcohol es lo que más nos preocupa.  Las pastillas y el alcohol hacen una mezcla explosiva, lo sabes de sobra [...]  Lo más curioso es que, después de tanto tiempo, estemos hablando de lo mismo, con la misma intención, igual desgana, y el sentimiento de amargura que no nos deja levantar cabeza desde hace años...

Después de tanto tiempo, cuando el sufrimiento y la pena siguen su variado curso, ya que Nima no acaba de curarse y, a la primera de cambio, se reproducen las crisis y volvemos a estar en vilo, por muy largo que sea nuestro aprendizaje y el alivio de la edad modifique en ella, para bien o para mal, el destino de la enfermedad, no hemos podido desterrar los fantasmas [...]  El corazón, ya lo sé, no es de piedra, es impenetrable, pero aquella Princesa infeliz jamás supo la razón de su infelicidad, y nosotros tampoco.

 
 
Anexo primero.  Sobre el autor.

Luis Mateo Díez (1942, Villablino, León) es licenciado en derecho y ha desarrollado su vida profesional durante más de treinta años en el ayuntamiento de Madrid.  El inicio de su carrera narrativa se produjo en 1973 con la publicación de Memorial de hierbas.  En 1986 y en el 2000 obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa con La fuente de la edad y La ruina del cielo respectivamente.  También fue galardonado con el Premio Castilla y León de las Letras.  Además, es miembro de la Real Academia Española de la Lengua.

 
 
Anexo segundo.  El autor y su homenaje a las víctimas del once de marzo.

Cuando Liceo llegó a casa la noche de aquel once de marzo, tenía varias llamadas de Nima en el contestador del teléfono [...]  Todas las preocupaciones de Liceo confluían en la desolación de la jornada, todavía el estupor no abría otra alternativa al peso de lo que continuaba pareciendo un suceso irreal que hundía la propia realidad urbana [...]

Hay un camino anónimo, trivial, en las mañanas laborales, y de esa rutina se llenan las huellas que nos rescatan del sueño, como si en las primeras horas de cada día fuese más imposible que nunca el desvío que pudiera trastocar nuestra existencia [...]

Compartimos el viaje, el instante.
No hay otro espejo que reproduzca mejor lo que la vida extiende en la ciudad que abre los ojos, la mañana que se perfila, el tren que la recoge, ese impulso de todos en la quietud de la somnolencia y el desamparo de cada uno, lo que el paisaje de la velocidad reproduce desde las ventanillas y el aire que remueve el frío, la nube incierta, un calor de cercanías que nos arropa en esta absoluta indefensión que justifica el abatimiento hasta que en el propio transporte, poco a poco, la realidad viene en la dirección contraria, nos enfrenta con su impulso como si el tren nos llevara hacia ella y hubiera que atravesarla o dejarse mecer en lo que todavía es un sopor de vías y traviesas y de estaciones que reponen la misma carga, el sesgo humano de esa mirada atónita o de esa sonrisa que no dibuja por completo el recuerdo que la imprime, el instante preciso en que se escucha la explosión, sin que la conciencia ajuste la lucidez del peligro, apenas el sobresalto, la hendidura de una sima blanca en el estallido y la destrucción.

 
  1. González R (coord.) et al.  Salud Mental (I).  Módulo de Formación Continuada en Atención al Individuo.  Cursos a Distancia 300 horas.  L’Hospitalet: semFYC y Semergen, 2000; 9.

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