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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
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 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: La hermana
Autor: Sándor Márai.
Traducción: Mária Szijj y J. M. González Trebejo.
Editorial: Salamandra, Barcelona, 2007.  253 páginas.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
 

No me importa si esta reseña, a fuerza de reproducir varios fragmentos del texto, deviene en un escrito excesivamente largo.  No me importa porque no me van a leer a mí sino a Sándor Márai y eso, amigos míos, les aseguro que sí que merece la pena.

Sándor Márai (1900) nació en Kassa, una ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia.  Pasó un periodo de exilio voluntario en Europa durante el régimen de Horthy hasta que, con la llegada del comunismo, emigró a Estados Unidos (1948).  La consecuente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quien en ese momento ya estaba considerado como un gran escritor.  Sándor Márai se quitó la vida en 1989.

En La hermana Márai nos cuenta la historia de Z., un afamado pianista que, aquejado de una rara enfermedad vírica, se debate entre la vida y la muerte.  Durante ese decisivo periodo Z. analiza su vida:

  • El pasado, marcado por su profesión y por su vinculación con E., una mujer casada.

  • El presente, condicionado por la brusca aparición de una enfermedad que ha transformado completamente su existencia y que además le obliga a adentrarse por senderos nunca antes hollados: el dolor físico y la necesidad de acabar con él aún a riesgo de volverse dependiente a la morfina; la relación con la propia enfermedad, con las enfermeras y con los médicos, lo cual le obliga a relacionarse sin ambages consigo mismo.

  • El futuro: ¿morirá?, ¿vivirá? y, en el segundo caso, ¿de qué manera?, ¿con o sin E.?, ¿con o sin la música?

Pero ya he perorado demasiado.  Dejemos que sea Márai quien hable.  Disfrutemos de la forma y del fondo de su narrativa:

 
 

LA MÚSICA

Entonces lo comprendí.  ¿Cuándo se había perdido?  No supe contestar a esa pregunta.  Me había extraviado de la música en los ejercicios, en el ansia de perfeccionamiento, en la atención escrupulosa a los detalles: sí, había muy poca gente que, como yo, se dedicara a la música con tanta imparcial fidelidad, que sirviera a la música con tanto sacrificio físico y espiritual.  Sin embargo, había perdido su esencia divina, su suprema vibración.  Llevaba veinte, treinta, no, cuarenta años practicando tres o cuatro horas al día.  Música todos los días desde hacía cuarenta años, concienzudamente, todos los días haciendo ejercicios de digitación, todos los días entendiendo un poco más el significado real de un movimiento; y al mismo tiempo conservando la objetividad: nunca exaltarse cuando suena un forte y nunca ponerse sentimental cuando gime un piano [...]  Pero de esa manera la “vivencia”, que siempre parece manifestarse entre truenos divinos y efluvios celestiales, sólo podía ser una visión y una realidad para los demás si yo, el intermediario, el médium, renunciaba a sentirla y me ponía al servicio del detalle.  Pasaron años y décadas dedicadas al perfeccionamiento... mientras yo me iba quedando cada vez más pobre.  Tuve que sacrificarlo todo por el detalle.

 

E.

Asumí lo que ya sabía hacía tiempo, pero que prefería no encarar: que a E. y su marido les debía aquel viaje, que estaba en deuda con ellos, que tenía la obligación de romper el círculo secreto que nos encerraba en el hechizo de una amistad inverosímil e incomprensible.

Y finalmente empecé a comprender, como el que despierta y trata de orientarse en la oscuridad, que pese a todo ella había sido la mujer de mi vida.  En realidad era menos pero también más de lo que la gente suele denominar relación amorosa.  Aquella pasión carecía de los recuerdos confidenciales del cuerpo, pues E. estaba enferma, era una mujer frígida, una tullida bella y angelical.  Sin embargo, yo la amaba.

 

LA ENFERMEDAD Y EL DOLOR

Fue en ese instante cuando empezó.  ¿Qué empezó? ¿La enfermedad? ¿O tal vez también otra cosa?...  En los meses siguientes reviví muchas veces aquel instante.  Me esforcé en desentrañarlo como si fuera un hallazgo frágil, una unidad diminuta, una especia de átomo que encierra la explicación de todo lo que integra la vida: algún elemento independiente, de minúsculas dimensiones, con un contenido material, espiritual y energético.  Ése fue el instante en que “se inició”, cuando mi vida se separó de todo lo que hasta entonces la había condicionado y dado sentido.  De súbito algo había muerto en mi interior y yo mismo volvía a renacer, diría que había muerto para la vida y renacía para la muerte.  ¿Si me dolió algo en aquel instante?  No recuerdo ningún dolor.  ¿Si sentí miedo o excitación?  No sentí nada.  Estaba tranquilo.  Pero al mismo tiempo supe con una lucidez clara y cruel que “se había iniciado”, como cuando en medio de una desgracia terrenal, en medio del peligro, uno siente los temidos síntomas.  Me palpé la muñeca para tomarme el pulso: el corazón me latía sereno y acompasado.  Bien, ha sucedido, pensé, y me tumbé en la cama.

Al amanecer el médico optó por ponerme otra inyección [...]  Pero no dormí.  Seguí despierto en la oscuridad, analizando el dolor.  ¿Cómo era aquel dolor?  Con los ojos cerrados intenté hacerme una idea.  No se parecía a ninguna sensación conocida.  Era un dolor nuevo, sorprendente, nata tenía que ver con el tormento del de muelas, ni con el punzante de la bronquitis.  Era fuerte, agudo, inconfundible, no cesaba ni por un instante: había empezado a la altura del corazón y avanzaba lentamente hacia el estómago, donde se acomodó a su alrededor.  Parecía haber encontrado un lugar adecuado, haberse establecido allí [...]  Me tranquilizó sentirlo allí de forma tangible, como una llaga o un tumor.  Como si de pronto hubiera tomado una forma concreta aquello que en las últimas veinticuatro horas había rondado de forma difusa en mi interior y alrededor de mí.  “Así que esto es el dolor”, pensé.

 

LA RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE

Su actitud afable y bondadosa me tranquilizó y me desarmó.  Seguramente me habría enfadado si me hubiera llevado al hospital un médico mediocre o una persona necia, que intentara animarme con prepotencia, diciéndome que no me pasaba nada grave.  Aquel caballero no me consoló; tampoco lo haría más adelante, nunca; siempre me habló con objetividad sobre mi enfermedad, sobre mis perspectivas, como habla un adulto con otro adulto sobre lo inevitable, con madurez y sencillez.

-Hay una clase de médico insoportable –le dije-, ya sabe, el engreído e inhumano, que entra en la sala donde el moribundo ya está morado, a punto de palmarla, y con cara alegre y frotándose las manos le pregunta: “¿Cómo van las cosas, amigo?”  Conoce a tipos así, ¿no?

Me puso la segunda inyección, luego me sujetó la mano y se sentó a mi lado.  Me agradó el contacto de su mano.  El dolor remitió y en medio de aquella paz susurrante me tranquilizó sentir una mano que, en aquel mundo extraño, en la miseria que me había caído encima de forma imprevista, me trasmitía sin sentimentalismo que la ayuda y la compasión humanas seguían existiendo.

Observé sus ojos.  Era la primera vez que veía realmente a aquel hombre; hasta entonces sólo sabía que andaba por allí, que era uno de los protagonistas del gran cambio operado en mi vida [...]  ¿Qué sabía de él?  Era médico y aficionado a la música, dirigía un gran hospital... [...]  ¿Sería capaz de ayudarme?  Eso le pregunté con la mirada.  Y él me la sostuvo con seriedad.  No me lo aseguraba, pero era un hombre tenaz.  Esa mirada iba a decidirlo todo entre nosotros [...]  Se puso en pie y me hizo una leve inclinación.  Los dos sabíamos que a partir de entonces se limitaría a tratarme con sus mejores conocimientos, pero que en realidad no me salvaría.  Me tocaba a mí curarme o morirme, según lo dispusiera el destino.

[...]  Y también sentí que en ese momento –por primera vez desde nuestro encuentro- ya no me “trataba”, sino que me “curaba”, o sea, que me ofrecía lo que yo había esperado ávida y silenciosamente: la verdad.

-Debe curarse –respondió con sencillez-.  Nosotros le hemos dado todo lo que está en nuestra mano: inyecciones, radioterapia, sangre, medicamentos [...]  Sin embargo, usted no tiene razón en todo lo que dice.  No es verdad que un ser humano no pueda ayudar a otro. ¿Me oye? –Alzó la voz-.  Sólo el ser humano es capaz de ayudar al ser humano e infundirle ánimos cuando está en apuros.  Eso es lo que he aprendido –dijo con voz ronca y vehemente-.  Y no en la facultad, sino aquí, entre los enfermos, entre cientos de enfermos.  Es falso que no se pueda recibir ayuda de nadie.  Sólo hay que buscar a la persona adecuada cuando estamos solos y ya no queremos vivir.

 

LA RELACIÓN ENFERMERA-PACIENTE

En el pasillo al que daba mi habitación trabajaban cuatro de ellas: las hermanas Dolorissa, Cherubina, Carissima y Matutina.

... ¿Cómo eran estas hermanas?  Las semanas y los meses pasaban y poco a poco llegué a conocerlas.  Porque había horas en que la enfermedad ya no me interesaba como en las primeras semanas; las alternancias del dolor, el alivio, la sensación de intoxicación y la relativa mejoría ya me resultaban tan aburridas como cualquier trabajo rutinario.  Aquello también era un trabajo rutinario; más allá de la breve y embriagadora dicha de las citas químicas, desde la mañana hasta la noche era un enfermo reglamentario, trabajador y profesional, y por eso a veces me aburría.  Porque –me costó aprenderlo- hasta el infierno puede llegar a resultar aburrido.

Pero las cuatro hermanas no se aburrían en aquel infierno.  Para ellas constituía la única dimensión de la vida, sí, para ellas la esencia del hospital, la enfermedad y los enfermos era la salud.

El dolor me quemaba como si me estuvieran echando agua hirviendo.  Emití un sonido ronco, desesperado.  Cherubina se inclinó sobre mí, alarmada.  La puerta se abrió despacio y, enmarcado por la cofia, el rígido y viejo rostro de Carissima se asomó ansioso.  Se acercó a la cama y también se inclinó sobre mí.
-Sufre mucho –susurró Cherubina.
-Ya lo veo –asintió Carissima.

Una noche entró una enfermera –ya no me fijaba en ellas, me daba lo mismo quién se acercaba a mi cama- a ponerme la inyección.  Me volví hacia la pared.  [...]  Medio adormecido, le pregunté:
-¿Qué desea?
-Usted va a morir –dijo una voz de mujer, fría y severa.
-Ya lo sé –contesté.
[...]  No tenía fuerzas para levantar la cabeza, abrir los párpados y mirar a aquella visitante que me hablaba con cruda sinceridad.
-No quiero que se muera –dijo secamente.

 

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