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LA MÚSICA
Entonces lo
comprendí. ¿Cuándo se había perdido? No supe contestar a esa
pregunta. Me había extraviado de la música en los ejercicios,
en el ansia de perfeccionamiento, en la atención escrupulosa a
los detalles: sí, había muy poca gente que, como yo, se
dedicara a la música con tanta imparcial fidelidad, que
sirviera a la música con tanto sacrificio físico y
espiritual. Sin embargo, había perdido su esencia divina, su
suprema vibración. Llevaba veinte, treinta, no, cuarenta años
practicando tres o cuatro horas al día. Música todos los días
desde hacía cuarenta años, concienzudamente, todos los días
haciendo ejercicios de digitación, todos los días entendiendo
un poco más el significado real de un movimiento; y al mismo
tiempo conservando la objetividad: nunca exaltarse cuando
suena un forte y nunca ponerse sentimental cuando gime
un piano [...] Pero de esa manera la “vivencia”, que
siempre parece manifestarse entre truenos divinos y efluvios
celestiales, sólo podía ser una visión y una realidad para los
demás si yo, el intermediario, el médium, renunciaba a
sentirla y me ponía al servicio del detalle. Pasaron años y
décadas dedicadas al perfeccionamiento... mientras yo me iba
quedando cada vez más pobre. Tuve que sacrificarlo todo por
el detalle.
E.
Asumí lo que ya
sabía hacía tiempo, pero que prefería no encarar: que a E. y
su marido les debía aquel viaje, que estaba en deuda con
ellos, que tenía la obligación de romper el círculo secreto
que nos encerraba en el hechizo de una amistad inverosímil e
incomprensible.
Y finalmente empecé
a comprender, como el que despierta y trata de orientarse en
la oscuridad, que pese a todo ella había sido la mujer de mi
vida. En realidad era menos pero también más de lo que la
gente suele denominar relación amorosa. Aquella pasión
carecía de los recuerdos confidenciales del cuerpo, pues E.
estaba enferma, era una mujer frígida, una tullida bella y
angelical. Sin embargo, yo la amaba.
LA ENFERMEDAD Y EL DOLOR
Fue en ese instante
cuando empezó. ¿Qué empezó? ¿La enfermedad? ¿O tal vez
también otra cosa?... En los meses siguientes reviví muchas
veces aquel instante. Me esforcé en desentrañarlo como si
fuera un hallazgo frágil, una unidad diminuta, una especia de
átomo que encierra la explicación de todo lo que integra la
vida: algún elemento independiente, de minúsculas dimensiones,
con un contenido material, espiritual y energético. Ése fue
el instante en que “se inició”, cuando mi vida se separó de
todo lo que hasta entonces la había condicionado y dado
sentido. De súbito algo había muerto en mi interior y yo
mismo volvía a renacer, diría que había muerto para la vida y
renacía para la muerte. ¿Si me dolió algo en aquel instante?
No recuerdo ningún dolor. ¿Si sentí miedo o excitación? No
sentí nada. Estaba tranquilo. Pero al mismo tiempo supe con
una lucidez clara y cruel que “se había iniciado”, como cuando
en medio de una desgracia terrenal, en medio del peligro, uno
siente los temidos síntomas. Me palpé la muñeca para tomarme
el pulso: el corazón me latía sereno y acompasado. Bien, ha
sucedido, pensé, y me tumbé en la cama.
Al amanecer el
médico optó por ponerme otra inyección [...] Pero no dormí.
Seguí despierto en la oscuridad, analizando el dolor. ¿Cómo
era aquel dolor? Con los ojos cerrados intenté hacerme una
idea. No se parecía a ninguna sensación conocida. Era un
dolor nuevo, sorprendente, nata tenía que ver con el tormento
del de muelas, ni con el punzante de la bronquitis. Era
fuerte, agudo, inconfundible, no cesaba ni por un instante:
había empezado a la altura del corazón y avanzaba lentamente
hacia el estómago, donde se acomodó a su alrededor. Parecía
haber encontrado un lugar adecuado, haberse establecido allí
[...] Me tranquilizó sentirlo allí de forma tangible, como
una llaga o un tumor. Como si de pronto hubiera tomado una
forma concreta aquello que en las últimas veinticuatro horas
había rondado de forma difusa en mi interior y alrededor de
mí. “Así que esto es el dolor”, pensé.
LA RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE
Su actitud afable y
bondadosa me tranquilizó y me desarmó. Seguramente me habría
enfadado si me hubiera llevado al hospital un médico mediocre
o una persona necia, que intentara animarme con prepotencia,
diciéndome que no me pasaba nada grave. Aquel caballero no me
consoló; tampoco lo haría más adelante, nunca; siempre me
habló con objetividad sobre mi enfermedad, sobre mis
perspectivas, como habla un adulto con otro adulto sobre lo
inevitable, con madurez y sencillez.
-Hay una clase de
médico insoportable –le dije-, ya sabe, el engreído e
inhumano, que entra en la sala donde el moribundo ya está
morado, a punto de palmarla, y con cara alegre y frotándose
las manos le pregunta: “¿Cómo van las cosas, amigo?” Conoce a
tipos así, ¿no?
Me puso la segunda
inyección, luego me sujetó la mano y se sentó a mi lado. Me
agradó el contacto de su mano. El dolor remitió y en medio de
aquella paz susurrante me tranquilizó sentir una mano que, en
aquel mundo extraño, en la miseria que me había caído encima
de forma imprevista, me trasmitía sin sentimentalismo que la
ayuda y la compasión humanas seguían existiendo.
Observé sus ojos.
Era la primera vez que veía realmente a aquel hombre; hasta
entonces sólo sabía que andaba por allí, que era uno de los
protagonistas del gran cambio operado en mi vida [...] ¿Qué
sabía de él? Era médico y aficionado a la música, dirigía un
gran hospital... [...] ¿Sería capaz de ayudarme? Eso le
pregunté con la mirada. Y él me la sostuvo con seriedad. No
me lo aseguraba, pero era un hombre tenaz. Esa mirada iba a
decidirlo todo entre nosotros [...] Se puso en pie y me hizo
una leve inclinación. Los dos sabíamos que a partir de
entonces se limitaría a tratarme con sus mejores
conocimientos, pero que en realidad no me salvaría. Me tocaba
a mí curarme o morirme, según lo dispusiera el destino.
[...] Y también
sentí que en ese momento –por primera vez desde nuestro
encuentro- ya no me “trataba”, sino que me “curaba”, o sea,
que me ofrecía lo que yo había esperado ávida y
silenciosamente: la verdad.
-Debe curarse
–respondió con sencillez-. Nosotros le hemos dado todo lo que
está en nuestra mano: inyecciones, radioterapia, sangre,
medicamentos [...] Sin embargo, usted no tiene razón en todo
lo que dice. No es verdad que un ser humano no pueda ayudar a
otro. ¿Me oye? –Alzó la voz-. Sólo el ser humano es capaz de
ayudar al ser humano e infundirle ánimos cuando está en
apuros. Eso es lo que he aprendido –dijo con voz ronca y
vehemente-. Y no en la facultad, sino aquí, entre los
enfermos, entre cientos de enfermos. Es falso que no se pueda
recibir ayuda de nadie. Sólo hay que buscar a la persona
adecuada cuando estamos solos y ya no queremos vivir.
LA RELACIÓN ENFERMERA-PACIENTE
En el pasillo al
que daba mi habitación trabajaban cuatro de ellas: las
hermanas Dolorissa, Cherubina, Carissima y Matutina.
... ¿Cómo eran
estas hermanas? Las semanas y los meses pasaban y poco a poco
llegué a conocerlas. Porque había horas en que la enfermedad
ya no me interesaba como en las primeras semanas; las
alternancias del dolor, el alivio, la sensación de
intoxicación y la relativa mejoría ya me resultaban tan
aburridas como cualquier trabajo rutinario. Aquello también
era un trabajo rutinario; más allá de la breve y embriagadora
dicha de las citas químicas, desde la mañana hasta la noche
era un enfermo reglamentario, trabajador y profesional, y por
eso a veces me aburría. Porque –me costó aprenderlo- hasta el
infierno puede llegar a resultar aburrido.
Pero las cuatro
hermanas no se aburrían en aquel infierno. Para ellas
constituía la única dimensión de la vida, sí, para ellas la
esencia del hospital, la enfermedad y los enfermos era la
salud.
El dolor me quemaba
como si me estuvieran echando agua hirviendo. Emití un sonido
ronco, desesperado. Cherubina se inclinó sobre mí, alarmada.
La puerta se abrió despacio y, enmarcado por la cofia, el
rígido y viejo rostro de Carissima se asomó ansioso. Se
acercó a la cama y también se inclinó sobre mí.
-Sufre mucho –susurró Cherubina.
-Ya lo veo –asintió Carissima.
Una noche entró una
enfermera –ya no me fijaba en ellas, me daba lo mismo quién se
acercaba a mi cama- a ponerme la inyección. Me volví hacia la
pared. [...] Medio adormecido, le pregunté:
-¿Qué desea?
-Usted va a morir –dijo una voz de mujer, fría y severa.
-Ya lo sé –contesté.
[...] No tenía fuerzas para levantar la cabeza, abrir los
párpados y mirar a aquella visitante que me hablaba con cruda
sinceridad.
-No quiero que se muera –dijo secamente. |