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No fumador. Bebedor moderado.
Practicante diario de ejercicio (paseo y natación). Peso
adecuado para su estatura.
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Amigdalectomía y herniorrafia inguinal
izquierda en la infancia.
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A los 34 años, peritonitis secundaria a
una apendicitis no diagnosticada.
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A los 56 años, obstrucción de varias
arterias coronarias, con colocación de cinco by pass.
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A los 65 años, hipertensión arterial no
controlada secundaria a una obstrucción de la arteria renal,
lo cual se resuelve con la inserción de un stent.
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A los 66 años, obstrucción de la arteria
carótida izquierda, realizándose una endarterectomía con
anestesia local.
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A los 67, 68 y 69 años obstrucción de
diferentes territorios del árbol coronario, con colocación
de uno, uno y tres stent respectivamente.
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A los 70 años, colocación de un
desfibrilador como prevención de las posibles arritmias que
pudiera sufrir.
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A los 71 años, obstrucción de la arteria
carótida derecha. Se le programa para una endarterectomía
con anestesia general. Fallece en la mesa de operaciones.
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Se trata de
una persona que a lo largo de la vida ha experimentado un gran
amor por algunos de los seres con los que la ha compartido:
sus padres, su hermano, su segunda mujer y la hija que tuvo
con ésta. Son bellísimos los pasajes en los que recuerda el
tiempo que pasaba en la joyería de su padre (...el golpe de
genio fue ponerle a la tienda no su nombre sino Joyería de
Todos...) o nadando en las playas del lugar donde vivían
(...Corría a casa descalzo y mojado y salado, recordando el
poderío del inmenso mar que bullía en sus oídos y lamiéndose
el antebrazo para saborear la piel recién bañada por el océano
y horneada por el sol. Junto con el éxtasis de todo un día
retozando en el mar, el sabor y el olor le embriagaban tanto
que poco le faltaba para clavarse los dientes, arrancar un
pedazo de sí mismo y saborear su existencia carnal.).
Pero la
plenitud física –aunque desconozcamos la fecha- suele tener un
plazo. Y es así como nuestro amigo comienza, sorprendido, su
relación con la enfermedad: Transcurrieron veintidós
años. Veintidós años de excelente salud y la ilimitada
confianza en sí mismo que genera sentirse en buen forma...
veintidós años escatimados al adversario que es la enfermedad
y la calamidad que aguarda entre bambalinas... Sabía por su
desagradable experiencia con la apendicitis y la peritonitis
que estaba expuesto como cualquiera a caer gravemente enfermo,
pero, tras haber llevado siempre un estilo de vida saludable,
le parecía absurdo acabar como candidato a someterse a cirugía
cardiaca. Simplemente no entraba en sus planes.
Y aunque
intenta sobrellevar los cambios que acontecen en su salud con
dignidad y reconocerse y amigarse con esa nueva realidad en la
que se ha convertido, aunque se esfuerza en hacer suya aquella
máxima de los estoicos que ha procurado inculcarle a su
adorada hija (No se puede rehacer la realidad. Tómala como
viene. No cedas terreno y tómala como viene.), hay
momentos en que se apoderan de él los sentimientos
encontrados, la rabia y el desánimo:
Pero ahora,
en vez de terminar, aquello continuaba; ahora no pasaba un año
sin que tuviera que ingresar en el hospital. Hijo de unos
padres longevos, hermano de un hombre seis años mayor que él
que parecía en tan buena forma como cuando corría con el balón
en el equipo del Instituto Thomas Jefferson, aún era solo
sexagenario cuando su salud empezó a resentirse y su cuerpo
parecía constantemente amenazado. Se había casado tres veces,
había tenido amantes e hijos y un trabajo interesante en el
que había triunfado, pero ahora eludir la muerte parecía
haberse convertido en el asunto central de su vida y la
decadencia física en toda su historia.
Ahora, sin
embargo, cuando hablaba con Howie, una frialdad injustificada
se apoderaba de él, y reaccionaba con el silencio a la
jovialidad de su hermano. El motivo era ridículo. Odiaba a
Howie a causa de su rubicunda y excelente salud. Odiaba a
Howie porque nunca había estado hospitalizado, porque
desconocía la enfermedad...
Ya nada
despertaba su curiosidad ni respondía a sus necesidades, ni la
pintura ni su familia ni sus vecinos, nada excepto las mujeres
jóvenes que por la mañana hacían footing y pasaban por su lado
en el paseo entarimado. Dios mío, pensaba, ¡el hombre que
fui! ¡La vida que me rodeaba! ¡La fuerza que tenía! ¡Sin la
menor sensación de “otredad”! Hubo un tiempo en que fui un
ser humano completo.
Durante horas,
después de las tres llamadas consecutivas..., lo que quería
hacer no solo era telefonear a su hija..., sino revivir su
propio espíritu telefoneando a sus padres. Sin embargo, lo
que había sabido no era nada comparado con el ataque
inevitable que es el final de la vida. De haber sido
consciente del sufrimiento mortal de cada hombre y mujer a los
que había conocido durante sus años de vida profesional, de la
dolorosa historia de pesar, pérdida y estoicismo de cada uno,
de miedo, pánico, aislamiento y terror, de haber conocido cada
cosa que les había sido arrebatada y que en otro tiempo había
sido vitalmente suya, y la manera sistemática en que eran
destruidos, habría tenido que permanecer junto al teléfono
todo el día hasta la noche, haciendo otro centenar de llamadas
por lo menos. La vejez no es una batalla; la vejez es una
masacre. |
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Se trata de una persona, de un ser, de
alguien que nace, discurre por las rectas y curvas de la vida,
envejece y muere: ...Se sumió en la inconsciencia
sintiéndose lejos de haber sido abatido, en absoluto
condenado, deseoso de realizarse plenamente una vez más; sin
embargo, no despertó. Paro cardiaco. Ya no existía, liberado
de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como
había temido desde el principio. |