Carolina Botella Dorta nacida en Santa Cruz de Tenerife,
ha vivido la mayor parte de su vida en esta ciudad. Cursó sus estudios de
medicina en la Universidad de La Laguna (1980-86). Cuando aprobó el MIR
sacó uno de los últimos puestos. En esos momentos no tenía ni idea de qué
es lo que le interesaba (de hecho tampoco escogió la carrera de medicina
por una vocación especial). Su ideal de médico eran los internistas que
había conocido durante el rotatorio y le pareció que la medicina de
familia debía de ser algo así pero en el campo extrahospitalario. De
todas maneras, a la hora de hacer la elección lo que más le interesaba era
quedarse en su isla de origen.
Los tres años de residente no los
recuerda ni con especial cariño ni con especial aversión. Echando la
mirada atrás se da cuenta que el tutor que le asignaron para el tercer año
era un auténtico desastre y que no estaba en absoluto capacitado para esa
labor. De todas maneras era una época en la que la medicina de familia
estaba buscando su propia identidad. Tuvo la suerte de que los MIR de
medicina de familia de tercer año que había cuando ella era R1 fueran unas
personas muy emprendedoras y compartió con ellos emocionantes momentos.
De hecho fueron esos compañeros quienes crearon la Sociedad Canaria de
Medicina Familiar y Comunitaria y quienes impulsaron los primeros
congresos. Siempre recordará con cariño las reuniones de la Junta
Directiva de esta Sociedad, de la que formó parte como vocal de
residentes. Varios de estos compañeros han desempeñado y siguen
desempeñando puestos de importancia, tanto a nivel nacional como en la
comunidad autónoma.
Al día siguiente de acabar la
especialidad se incorporó al C.S. de Taco, en donde estuvo unos dos años.
Por aquel entonces le comenzó a interesar la entrevista clínica. Las
ganas de cambiar un poco y de conocer otras realidades le hicieron dejar
las islas y darse un salto a la península. Llegó a Barcelona en el 92, el
año de las olimpiadas. Allí estuvo también unos dos años. La mitad del
tiempo trabajó en un área rural (Villafranca del Penedés), con auténticos
payeses a los que les costaba bastante expresarse en castellano. Sin
embargo, no tuvo muchas dificultades para entender el idioma, pues su
bachillerato había sido en un colegio de monjas en el que se estudiaba
francés. El tiempo dedicado a Villafranca, en los pueblos de Olesa de
Bonesvalls y L’Ordal, se encuentra entre sus mejores recuerdos. La gente
era muy amable y eso de tener una médico canaria les hacía mucha gracia.
El otro año lo trabajó en un polígono con mucha población inmigrante de
origen andaluz y en el que había enormes problemas sociales. Piensa que
irse a Barcelona fue un acierto, aunque no siempre las cosas fueron
fáciles. La añoranza de la tierra y otros motivos personales, le hicieron
plantearse la vuelta a Tenerife. Allí recaló en el C. S. de Tacoronte, en
donde por primera vez fue tutora de residentes. Tras otros dos años, una
carambola de contratos la llevó más al norte, al C. S. de La Vera, en
donde estuvo siete años y medio y siguió siendo tutora. Antes de
incorporarse a su nuevo destino comenzó un curso de cuidados paliativos,
el cual le abrió definitivamente las puertas hacia el “lado humano de la
medicina” y le ayudó a iniciar el recorrido de ese largo camino que es el
encontrar tu sitio en tu profesión y hasta en tu propia vida. La estancia
en La Vera estuvo llena de satisfacciones y allí pudo experimentar lo que
es “tener un cupo propio”. Se encuentra muy orgullosa de lo que allí
llevó a cabo. Fue el momento y el lugar ideal para poder plasmar en la
práctica diaria todas sus inquietudes y sus nuevos conocimientos. A la
vuelta de las vacaciones del 2002 se encontró con que su plaza la habían
ocupado por un traslado. Tras cuatro meses voluntarios de
paro-vacaciones, se encuentra trabajando en el C. S. La Laguna-Mercedes,
donde ya lleva un año. No sabe si va a seguir en este centro o si, al
aprobar las famosas oposiciones, se tendrá que ir a otro lugar. De todas
maneras, es un tema que no le preocupa demasiado. Piensa que los cambios
son algo positivo en general. Ahora su nuevo reto, aparte de su trabajo,
es acabar la carrera de enfermería, que comenzó hace dos años. Cuando le
dicen que eso es una cosa muy rara, que lo del enfermero que estudia
medicina si lo habían visto pero no lo contrario, ella contesta que las
dos carreras se complementan, que los médicos sabemos bien poco de las
técnicas de enfermería y las pocas que sabemos muchas veces las realizamos
incorrectamente y que, aunque está siendo duro, no se arrepiente. Cuando
comenzó a realizar las prácticas de enfermería en el hospital donde
también hizo la residencia de medicina de familia, se dieron muchas
situaciones graciosas, ya que varios de los médicos de ese hospital fueron
compañeros suyos de facultad o de residencia y claro, que te vean de
repente con el uniforme blanco y llevando una bandeja de comida a un
enfermo o haciendo camas o bañando a un paciente, no es lo que esperan, y
siempre le dicen: ¿pero muchacha, qué haces tú aquí? El reencuentro con
estos compañeros y con las enfermeras y las auxiliares con las que
compartió sus años de residencia, ha sido una de tantas cosas positivas de
esta nueva aventura.