El publico escucha
extasiado la interpretación musical de la orquesta. El señor Jones, uno
de los espectadores, es incapaz de resistir tanta belleza y, en plena
fase maniaca, sube al escenario agitando rítmicamente los brazos
mientras se coloca al lado del asombrado director. Esta es una de las
imágenes que se me quedaron grabadas de la película Mr. Jones, de
Mike Figgis (1993). Kay R. Jamison es psicóloga y una autoridad en lo
referente a la psicosis maniaco depresiva. En el libro
Una mente
inquieta 1 narra su experiencia personal como enferma de
dicha dolencia. Una de las cosas que cuenta Jamison es la resistencia a
tomarse la mediación cuando se está en fase maniaca y lo razona con los
mismos argumentos que emplea Figgis en su película: ¿cómo renunciar a
esa vida tan rica, tan llena de matices y en la que te encuentras
poseído por una energía arrolladora que te permite dominarlo todo?
Los nueve relatos de Aquí no eres un extraño
tratan todos sobre la mente y, en su mayoría, de la enfermedad mental.
En Los asuntos de mi padre y en Notas para mi biógrafo
se aborda la enfermedad bipolar, pero es en esta segunda narración donde
el autor construye un retrato magistral y tan veraz que el lector -a no
ser que también se encuentre en fase maniaca- acaba literalmente agotado
y desbordado por la verborrea y la frenética actividad del
protagonista.
El buen doctor y el El fin de la guerra son narraciones
que discurren por los senderos de la depresión desde dos puntos de vista
diferentes. Si en el primero el coprotagonista es un médico que acabamos
descubriendo que está demasiado pagado de sí mismo, en el segundo se
detalla el sufrimiento que significa vivir bajo la pesada losa de esta
enfermedad: “El último psiquiatra de Paul, que apenas pueden pagar, ha
dicho que un cambio de escenario podría ayudar, sería un cambio de
rutina de los días vacíos. Ya ha pasado un año desde que empezó a
viajar y se siente deprimido, como siempre, y cansado...Mientras
contempla la oscura pared de los acantilados, su mente se acelera lo
suficiente para concebir cómo podría suceder, y durante un momento, allí
sentado en el taxi, sosteniendo la mano de su esposa, siente alivio”.
El escritor William Styron también pormenorizó su padecimiento en el
libro Esa visible oscuridad
2: “En la depresión, esta
fe en el rescate, en el final restablecimiento, falta por completo. El
sufrimiento es inconmovible, y lo que hace intolerable la situación es
saber de antemano que no llegará ningún remedio: ni en un día, una hora,
un mes o un minuto”. Sin embargo, el final de la obra es mucho más
luminoso y esperanzador: “Pero no necesita uno hacer sonar la nota de la
ficción o de la inspiración para destacar la verdad de que la depresión
no es la aniquilación del alma; hombres y mujeres que se han repuesto
del mal -y son incontables- dan testimonio de la que quizá constituya su
única merced: no es invencible”.
La sexualidad y las
relaciones amorosas aparecen con mayor o menor intensidad en varias de
las piezas del libro que nos ocupa. El despertar de la homosexualidad y
el masoquismo se dan la mano en la figura del confundido protagonista de
En el principio del dolor. En Devoción se tratan los lazos
fraternos y los pactos implícitos y muchas veces nocivos que existen en
todas las familias. En Reunión se abordan los postreros días de
quien sabe que el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida está acabando
con su vida: “James intentaba leer un libro sentado junto a la ventana.
Era por la tarde, y fuera caía una lluvia constante...Se desmayó ese
mismo día, más tarde, cuando sujetaba un vaso de agua de pie junto al
fregadero”. En este sentido quisiéramos recordar, por el paralelismo de
la historia, a Harold Brodkey (1930-1996), quien comenzaba así su
excelente última obra (Esta salvaje oscuridad. La historia de mi
muerte 3): “Tengo SIDA. Me sorprende. Desde 1977 no he
estado expuesto, es decir, que mis experiencias, mis aventuras
homosexuales ocurrieron en gran medida durante los años sesenta y
setenta, y que a partir de entonces confié en que el tiempo y la
abstinencia indicaran si estaba libre de la infección y me protegerían a
mi y a los demás”.
Premonición, la
penúltima narración que queda por comentar, me ha hecho rememorar la
película El protegido de M. Night Shyamalan (2001), donde un
horrorizado David Dunn (Bruce Willis) descubre los terribles crímenes
que ha cometido Elijah Price (Samuel L. Jackson), gracias a unos poderes
especiales que él mismo desconocía poseer. Igualmente de espantado se
siente el niño protagonista de Premonición cuando se apercibe de
su capacidad para vislumbrar suceso futuros: “Un espíritu roto... Un
corazón roto y contrito. ¿Sería el Dios del vasto paisaje, aquel lugar
donde Samuel sabía que pasaría el resto de sus días? Un lugar
silencioso, al otro lado de las paredes de la morada atestada”.
Por último, pero en
absoluto menos importante, Adam Haslett comparte con nosotros una
amistad especial, la que se establece entre un joven adolescente que
acude altruistamente a una residencia de la tercera edad (El
voluntario) y una anciana esquizofrénica. Las escenas que ambos
comparten y la descripción de los delirios de la añosa Elizabeth no
tienen desperdicio.
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Jamison K R.
Una mente
inquieta. Testimonio sobre afectos y locura. Barcelona: Tusquets,
1996.
-
Styron W.
Esa visible
oscuridad. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1991.
-
Brodkey H. Esta salvaje
oscuridad. La historia de mi muerte. Barcelona: Anagrama, 2001.