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De verdad que
les recomiendo este texto, el cual puedo describir con tan
dispares y variados adjetivos como sosegado y volcánico,
tierno y duro, cotidiano y emocionante, chistoso y triste.
La
enfermedad es un libro que se puede leer de un tirón. Yo
disfruté de él una mañana de domingo, a esa hora temprana en
la que la ciudad todavía no ha despertado, cuando reina la
tranquilidad que es propia de los días de fiesta y que, al
menos a mí, me invita a la reflexión y a la intimidad. Porque
es eso, intimidad y cercanía lo que experimentamos con esta
novela, ya que la historia que viven sus personajes es la
historia que hemos vivido o que viviremos cualquiera de
nosotros, los que estamos vivos y nos enfrentamos a los
avatares del día a día.
La
enfermedad cuenta dos hechos que acaecen simultáneamente,
dos enfermedades que van transcurriendo paralelas, sin que la
una sepa nada de la otra y cuyo punto de unión es el doctor
Andrés Miranda:
La primera
enfermedad. Andrés Miranda es un internista en el que se
conjugan la capacidad científica y la humana. Siempre ha sido
partidario de contar la verdad a sus enfermos. Ahora el
paciente es su padre y tiene que comunicarle que padece un
cáncer incurable. Este el resumen de la historia. En sus
entresijos encontramos la relación entre Andrés y la medicina,
entre Andrés y su progenitor, entre éste y Merny (su
cuidadora), los recuerdos y el amor del pasado y el dolor y el
amor del presente entre hijo y padre, el temblor y la boca
seca al dar la mala noticia, la búsqueda del acomodo ante la
nueva situación, la rabia, la indignación, los silencios, el
inexorable avance de la enfermedad, la resignación, el final,
la paz.
-¿Ya están
listos los resultados?
Apenas pronuncia la pregunta, se arrepiente de inmediato.
Andrés Miranda quisiera detenerla en el aire, devolverla a su
lugar de origen, esconderla de nuevo debajo de un silencio
[...] No se lo han dicho, no ha visto las placas, no conoce
los resultados y, sin embargo, ya sabe que su padre tiene
cáncer.
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que la vida es una
casualidad? [...] Sabe que la pregunta no guarda ningún
cinismo. Más bien le parece una expresión autocompasiva, una
oración piadosa; una forma de reconocer los límites de la
medicina ante el infinito poder de la naturaleza, que es lo
mismo que reconocer los límites de la medicina ante el
infinito poder de la enfermedad.
El rostro
del jefe de radiología ha quedado suspendido como un globo
dentro de su consultorio. Los pasillos de los hospitales
suelen estar llenos de globos así. Se deslizan lentamente
sobre el aire, todos iguales, plásticos tenues donde se pintan
cejas dobladas hacia abajo, bocas graves, gestos sobrios:
puras señales de resignación. Es una ceremonia, un protocolo
clínico. Los hospitales son lugares de paso: templos para el
adiós, grandes monumentos a las despedidas.
-Tú no me
mentirías, ¿verdad? – El padre habla desde los huesos. Con
esa voz áspera pero cercana con la que hablan los huesos
[...] Andrés tiene un erizo en la lengua. Siente que su
garganta de pronto se llena de cáscaras de piña. A su pesar,
se le aguan los ojos. Teme que la voz le falle. Hace un gran
esfuerzo para hablar.
-Yo jamás te engañaría, papá –dice, al fin, con ronca
intimidad.
-Eso es todo lo que quería oír. Gracias.
¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Desde
aquella noche, Javier Miranda se repite lo mismo [...] Desde
aquella noche, todo ha cambiado. Lo primero es su ánimo. Ya
no sabe cómo sacudirse la depresión que, más que envolverlo,
lo empapa. Está indignado con la vida, furioso, resentido; se
siente impotente, le aterra saber que no tiene salidas [...]
Ha cambiado su relación con los otros, con todo el mundo; y
eso por supuesto que incluye a Andrés. Ya no sabe muy bien
cómo tratarlo, qué hacer, qué decirle [...] El cambio más
fuerte, sin embargo, tiene que ver con su cuerpo. Javier
Miranda siente que lo perdió, que en realidad ya no es suyo.
Nunca antes había tenido esa sensación, nunca había sentido
tan nítidamente ese desdoblamiento que produce la enfermedad..
Cuando
Andrés enciende de nuevo su teléfono celular, sólo escucha un
aullido. El sonido de la ambulancia ya es una herida que va
abriendo la tarde [...]
-¿Qué quieres? ¿Qué puedo hacer por ti?
El viejo Miranda piensa un momento.
-Háblame –pide, difícilmente, como si arrastrara la palabra
hasta sus labios-. Háblame ahora de nosotros.
El silencio es una estaca. Andrés siente que su lengua es una
piedra. Pero de pronto entiende que eso es lo único que
tienen, lo único compartido que les queda a los dos: las
últimas palabras. Esa voz débil, difícil, es el final del
cuerpo, el único trozo de vida que todavía tienen, el sonido
[...]
Andrés siente entonces que su boca está llena de corteza de
árboles. También siente una tristeza tan honda. Está
llorando, ya sin amarres, sin ninguna contención. La mano de
su padre, entre las suyas, es cada vez más liviana. ¿Por qué
nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad?
El viejo Miranda vuelve a abrir los ojos, intenta sonreír y
luego lo mira con una frágil ternura.
-Háblame –repite-. No dejes que me muera en silencio. |
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La segunda enfermedad. Ernesto Durán
es paciente del doctor Miranda y cree que está enfermo. De
hecho, su enfermedad irrumpe continuamente en su existencia,
no le deja ni a sol ni a sombra, no le permite vivir.
Escuchemos a Ernesto Durán. Escuchemos a muchos de nuestros
pacientes. Escuchémonos:
Yo he venido, desde este tiempo,
sufriendo súbitas bajas de tensión, una descompensación
interna que me pone casi diariamente al borde de continuos
desmayos. Los síntomas son claros: sudoración fría, palidez,
sensación de debilidad interna, descenso en la temperatura del
cuerpo... y obviamente el leve mareo que siente cualquiera
justo antes de desmayarse. Le conté todo eso. Usted anotó
cada cosa. Hizo algunas preguntas. Luego me revisó [...] En
nuestra segunda cita [...] yo llegué con los exámenes que
usted me ordenó hacer [...] Usted me dijo que los exámenes
daban muy buenos resultados, que yo estaba bien. Yo, por
supuesto, le repliqué, le dije que eso era imposible. Había
seguido teniendo los mismos mareos. Quizá no le gustó que
insistiera. Pero tenía que hacerlo. Quien se iba a desmayar
era yo, no usted. Eso también se lo dije. Usted, entonces,
me aseguró que yo estaba bien. Que no me iba a desmayar. Que
físicamente era imposible que me desmayara. |