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Ahora, al empezar a escribir esto, es el 4 de octubre, por la
tarde, de 2004.
Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de
la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory
Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva
York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió
aparentemente –o realmente- un repentino y severo ataque al
corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana,
llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados
intensivos...; lo que pareció un caso de gripe invernal lo
bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de
Navidad había derivado en neumonía y choque séptico. Esto es
un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las
semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo
tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la
suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los
hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la
gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la
precariedad de la cordura y sobre la vida misma.”
“El dolor por la pérdida nos resulta un lugar desconocido
hasta que llegamos a él. Anticipamos (lo sabemos) que alguien
cercano a nosotros puede morir, pero no imaginamos más allá de
los días o semanas inmediatamente posteriores a esa muerte
imaginada. Incluso interpretamos erróneamente la naturaleza
de esos pocos días y semanas. Si la muerte es repentina, es
posible que esperemos sentirnos conmocionados, pero no
esperamos que la conmoción sea arrasadora, que trastorne a la
vez el cuerpo y el espíritu. Es posible que esperemos
sentirnos postrados, inconsolables, locos por la pérdida, pero
no esperamos sentirnos literalmente locos, personas enteras
que creen que su marido está a punto de regresar y necesita
sus zapatos. En la versión del dolor que imaginamos, la pauta
a seguir es la recuperación. Prevalecerá un cierto
movimiento hacia delante. Los peores días serán los
primeros. Imaginamos que el momento más duro de la prueba
será el funeral y que tras él se iniciará esa hipotética
recuperación. Cuando anticipamos el funeral nos preguntamos
si lograremos superarlo, estar a la altura de las
circunstancias, hacer gala de la entereza que
invariablemente se menciona como respuesta correcta ante la
muerte. Anticipamos que necesitaremos fortalecernos para ese
momento: ¿seré capaz de recibir a la gente? ¿Seré capaz de
dejar el lugar? ¿Seré capaz siquiera de vestirme ese día? No
sabemos que ése no será el problema. No podemos saber que el
funeral en sí mismo será anodino, una especie de regresión
narcótica, arropados por el cariño de los demás y por la
gravedad y significado de la ocasión. Ni podemos saber –y ahí
reside la diferencia fundamental entre cómo imaginamos el
dolor y cómo es en realidad ese dolor- la interminable
ausencia que sigue al hecho en sí, el vacío, la absoluta falta
de sentido, la inexorable sucesión de momentos en los que nos
enfrentaremos a la experiencia del sinsentido.”
“Aún no podía concentrarme en el trabajo, pero podía organizar
la casa, podía hacerme cargo de las cosas, podía abordar el
correo sin abrir.
No se me ocurrió pensar que era entonces cuando realmente
empezaba el proceso de duelo.
Hasta entonces sólo había podido experimentar dolor, no
duelo. El dolor era pasivo. El dolor ocurría. El duelo, el
acto de manejar ese dolor, requería atención.”
“Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos:
intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.
También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento
en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar,
mantenerlos muertos.
Dejarlos que se conviertan en la fotografía sobre la mesa.
Dejarlos que sean un nombre en las cuentas fiduciarias.
Soltarlos en el agua.
El saberlo no me hace más fácil tener que soltarlo en el
agua.”
Y precisamente porque
es tan difícil dejarlos marchar, porque es tan doloroso
mantener muertos a los que tanto quisimos y ya se fueron, es
por lo que surge el pensamiento mágico, ese arrebato repentino
de irracionalidad que desafía el nuevo orden que estamos
intentando construir:
“Ahora veo que mi insistencia en pasar sola aquella primera
noche era algo más complicado de lo que parecía, un instinto
primitivo. Por supuesto sabía que John había muerto. Por
supuesto ya había comunicado la noticia a su hermano, a mi
hermano y al marido de Quintana. The New York Times lo
sabía. Los Angeles Times lo sabía. Sin embargo, yo no
estaba preparada en modo alguno para aceptar la noticia como
algo definitivo: en algún plano de mi conciencia creía que lo
que había sucedido era reversible. Por ese motivo necesitaba
estar sola.
Después de aquella primera noche no volví a quedarme sola
durante semanas..., pero necesitaba aquella primera noche para
estar sola.
Necesitaba estar sola para que él pudiera volver.
Ese fue el comienzo de mi año del pensamiento mágico.”
“...Hubo un momento... en que pensé que tenía que dar la ropa
de John... Empecé. ...Llevé las bolsas a St. James´. Unas
semanas después recogí más bolsas y las llevé al despacho de
John, donde él guardaba su ropa. Aún no estaba preparada para
empezar con los trajes, las camisas y las chaquetas, pero,
para empezar por alguna parte pensé que podía seguir con los
zapatos que quedaban.
Me detuve en la puerta de la habitación.
No podía dar el resto de sus zapatos.
Me quedé allí un momento; luego me di cuenta de por qué no
podía hacerlo: si iba a volver, necesitaría zapatos.
El ser consciente de lo que pensaba no eliminó en modo alguno
aquel pensamiento.
Todavía no he intentado comprobar –dando los zapatos- si el
pensamiento ha perdido fuerza.”
Pero el acontecer
diario prosigue y, si en una primera fase Joan Didion recurrió
a la aparente irracionalidad del pensamiento mágico para
enfrentar su difícil situación, más adelante desarrolló otro
mecanismo de defensa que definió como el “efecto torbellino”.
Esto es, cómo podemos protegernos del dolor mientras nos
centramos en pensar en una cosa que nos lleva a otra con la
que aparentemente no tiene ninguna relación y así
sucesivamente:
“En enero, mientras contemplaba desde una ventana del Beth
Israel North los témpanos de hielo sobre el East River, noté
por primera vez lo que acabé por llamar “el efecto
torbellino”. En la junta de las paredes con el techo de la
habitación... había una cenefa de papel pintado con rosas, un
toque Dorothy Draper, un resto, supongo, de la época en que el
Beth Israel North había sido Hospital de Médicos... Aquí fue
donde X se sometíó a un aborto comprado y pagado por la
oficina del fiscal del distrito... Recuerdo haber utilizado
este incidente en mi segunda novela, Play It As It Lays...
Esto parecía que funcionaba. Llevaba por lo menos dos minutos
sin pensar por qué estaba en el Beth Israel North... Había
escrito aquel libro cuando Quintana tenía tres años.
Cuando Quintana tenía tres años. Ahí está el torbellino.
Quintana a los tres años. La noche que se metió por la nariz
una semilla de jardín y tuve que llevarla al Hospital
Infantil...”.
Como muy bien acaba de
explicar la autora, la vida es una continua madeja de
asociaciones, de imágenes que se entrelazan entre sí, de
pensamientos que mágicamente nos trasladan de un lugar a otro
y de una persona a otra. Cuando yo tenía unos 27 años vi en
el cine El filo de la navaja, la adaptación que el
director John Byrum hizo de la novela de Somerset Maugham. De
esta película me impactaron dos cosas. La primera, reconocer
un lugar en el que yo había estado tan solo unos meses atrás:
el fabuloso lago Dal, con sus canales y sus casas flotantes,
sitos en Srinagar, capital del hindú estado de Cachemira. La
segunda, un sentimiento, un pálpito que en ese momento no
hubiera podido definir pero que tuvo ahí su origen y que el
paso de los años ha convertido en unas cuantas convicciones:
el que te suceda algo grave no te exime de que te pasen otras
cosas igual de graves; el que “seas bueno y hagas cosas
buenas” no es un salvoconducto para que no sufras serios
reveses; la vida no entiende de cuotas de dolor ni de alegría,
simplemente sucede y, más temprano o más tarde, a cada uno nos
toca nuestra porción.
El año del
pensamiento mágico se publicó en Nueva York en octubre de
2005 y recibió The National Book Award en la categoría de no
ficción. Aunque la hija de Joan Didion pareció recuperarse
durante la redacción de este libro, murió el 26 de agosto de
2005 a los 39 años.
“En cierta ocasión, cuando todavía estaba en la escuela
femenina Westlake, Quintana mencionó lo que a ella le parecía
una mala distribución de las malas noticias. En primer curso
de secundaria, había vuelto a casa de un refugio en Yosemite
para encontrarse con la noticia de que su tío Stephen se había
suicidado. Dos cursos más tarde, en casa de Susan, la habían
despertado a las seis y media de la mañana para decirle que
habían asesinado a Dominique. “La mayoría de la gente que
conozco en Westlake ni siquiera conoce a alguien que se haya
muerto –dijo- y en el tiempo que yo llevo aquí, ya ha habido
un asesinato y un suicidio en mi familia.”
“Al final todo se nivela”, dijo John; una respuesta que me
dejó perpleja (¿qué significaba realmente? ¿no podía ser más
claro?), pero que a ella pareció satisfacerle.
Varios años más tarde, después de que el padre y la madre de
Susan murieran en un intervalo de uno o dos años, Susan me
preguntó si recordaba cuando John le dijo a Quintana que, al
final, todo se nivelaba. Le dije que sí me acordaba.
-Tenía razón- dijo Susan. Así es.
Recuerdo que me sorprendió. Jamás se me habría ocurrido
pensar que John dijera que tarde o temprano a todos nos
alcanzan las malas rachas. Seguramente Susan o Quintana lo
habían malinterpretado. Le expliqué a Susan que John había
querido decir que, la gente que pasa malas rachas, tendrá
finalmente su buena racha.
-Eso no es en absoluto lo que quise decir- dijo John.
-Yo sabía lo que él quiso decir- dijo Susan.
¿Acaso yo no había entendido nada?”. |