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 El lado Humano - La Medicina en los Libros y la Literatura
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 La Medicina en los Libros y Literatura
Título: El año del pensamiento mágico.
Autora: 
Joan Didion.
Editorial: Global Rhythm, 2006; 211 páginas
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
 

Esta reseña bibliográfica está dedicada a mi hermana Mónica,
que antes era mi alumna y ahora es mi maestra.

 

Joan Didion nació en California.  Es autora de cinco novelas, de varios ensayos sobre la cultura y la política norteamericanas y de un libro de memorias.  En El año del pensamiento mágico vierte su intensa experiencia y las distintas etapas por las que pasó ante la grave enfermedad de su hija y el repentino fallecimiento de su esposo, también escritor:

“La vida cambia rápido.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba.

 

Ahora, al empezar a escribir esto, es el 4 de octubre, por la tarde, de 2004.
Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió aparentemente –o realmente- un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte.  Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos...; lo que pareció un caso de gripe invernal lo bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de Navidad había derivado en neumonía y choque séptico.  Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma.”

“El dolor por la pérdida nos resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él.  Anticipamos (lo sabemos) que alguien cercano a nosotros puede morir, pero no imaginamos más allá de los días o semanas inmediatamente posteriores a esa muerte imaginada.  Incluso interpretamos erróneamente la naturaleza de esos pocos días y semanas.  Si la muerte es repentina, es posible que esperemos sentirnos conmocionados, pero no esperamos que la conmoción sea arrasadora, que trastorne a la vez el cuerpo y el espíritu.  Es posible que esperemos sentirnos postrados, inconsolables, locos por la pérdida, pero no esperamos sentirnos literalmente locos, personas enteras que creen que su marido está a punto de regresar y necesita sus zapatos.  En la versión del dolor que imaginamos, la pauta a seguir es la recuperación.  Prevalecerá un cierto movimiento hacia delante.  Los peores días serán los primeros.  Imaginamos que el momento más duro de la prueba será el funeral y que tras él se iniciará esa hipotética recuperación.  Cuando anticipamos el funeral nos preguntamos si lograremos superarlo, estar a la altura de las circunstancias, hacer gala de la entereza que invariablemente se menciona como respuesta correcta ante la muerte.  Anticipamos que necesitaremos fortalecernos para ese momento: ¿seré capaz de recibir a la gente? ¿Seré capaz de dejar el lugar? ¿Seré capaz siquiera de vestirme ese día?  No sabemos que ése no será el problema.  No podemos saber que el funeral en sí mismo será anodino, una especie de regresión narcótica, arropados por el cariño de los demás y por la gravedad y significado de la ocasión.  Ni podemos saber –y ahí reside la diferencia fundamental entre cómo imaginamos el dolor y cómo es en realidad ese dolor- la interminable ausencia que sigue al hecho en sí, el vacío, la absoluta falta de sentido, la inexorable sucesión de momentos en los que nos enfrentaremos a la experiencia del sinsentido.”

“Aún no podía concentrarme en el trabajo, pero podía organizar la casa, podía hacerme cargo de las cosas, podía abordar el correo sin abrir.
No se me ocurrió pensar que era entonces cuando realmente empezaba el proceso de duelo.
Hasta entonces sólo había podido experimentar dolor, no duelo.  El dolor era pasivo.  El dolor ocurría.  El duelo, el acto de manejar ese dolor, requería atención.”

“Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos: intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.
También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.
Dejarlos que se conviertan en la fotografía sobre la mesa.
Dejarlos que sean un nombre en las cuentas fiduciarias.
Soltarlos en el agua.
El saberlo no me hace más fácil tener que soltarlo en el agua.”

Y precisamente porque es tan difícil dejarlos marchar, porque es tan doloroso mantener muertos a los que tanto quisimos y ya se fueron, es por lo que surge el pensamiento mágico, ese arrebato repentino de irracionalidad que desafía el nuevo orden que estamos intentando construir:

“Ahora veo que mi insistencia en pasar sola aquella primera noche era algo más complicado de lo que parecía, un instinto primitivo.  Por supuesto sabía que John había muerto.  Por supuesto ya había comunicado la noticia a su hermano, a mi hermano y al marido de Quintana.  The New York Times lo sabía.  Los Angeles Times lo sabía.  Sin embargo, yo no estaba preparada en modo alguno para aceptar la noticia como algo definitivo: en algún plano de mi conciencia creía que lo que había sucedido era reversible.  Por ese motivo necesitaba estar sola.
Después de aquella primera noche no volví a quedarme sola durante semanas..., pero necesitaba aquella primera noche para estar sola.
Necesitaba estar sola para que él pudiera volver.
Ese fue el comienzo de mi año del pensamiento mágico.”

“...Hubo un momento... en que pensé que tenía que dar la ropa de John... Empecé.  ...Llevé las bolsas a St. James´.  Unas semanas después recogí más bolsas y las llevé al despacho de John, donde él guardaba su ropa.  Aún no estaba preparada para empezar con los trajes, las camisas y las chaquetas, pero, para empezar por alguna parte pensé que podía seguir con los zapatos que quedaban.
Me detuve en la puerta de la habitación.
No podía dar el resto de sus zapatos.
Me quedé allí un momento; luego me di cuenta de por qué no podía hacerlo: si iba a volver, necesitaría zapatos.
El ser consciente de lo que pensaba no eliminó en modo alguno aquel pensamiento.
Todavía no he intentado comprobar –dando los zapatos- si el pensamiento ha perdido fuerza.”

Pero el acontecer diario prosigue y, si en una primera fase Joan Didion recurrió a la aparente irracionalidad del pensamiento mágico para enfrentar su difícil situación, más adelante desarrolló otro mecanismo de defensa que definió como el “efecto torbellino”.  Esto es, cómo podemos protegernos del dolor mientras nos centramos en pensar en una cosa que nos lleva a otra con la que aparentemente no tiene ninguna relación y así sucesivamente:

“En enero, mientras contemplaba desde una ventana del Beth Israel North los témpanos de hielo sobre el East River, noté por primera vez lo que acabé por llamar “el efecto torbellino”.  En la junta de las paredes con el techo de la habitación... había una cenefa de papel pintado con rosas, un toque Dorothy Draper, un resto, supongo, de la época en que el Beth Israel North había sido Hospital de Médicos... Aquí fue donde X se sometíó a un aborto comprado y pagado por la oficina del fiscal del distrito... Recuerdo haber utilizado este incidente en mi segunda novela, Play It As It Lays... Esto parecía que funcionaba.  Llevaba por lo menos dos minutos sin pensar por qué estaba en el Beth Israel North... Había escrito aquel libro cuando Quintana tenía tres años.  Cuando Quintana tenía tres años.  Ahí está el torbellino.  Quintana a los tres años.  La noche que se metió por la nariz una semilla de jardín y tuve que llevarla al Hospital Infantil...”.

Como muy bien acaba de explicar la autora, la vida es una continua madeja de asociaciones, de imágenes que se entrelazan entre sí, de pensamientos que mágicamente nos trasladan de un lugar a otro y de una persona a otra.  Cuando yo tenía unos 27 años vi en el cine El filo de la navaja, la adaptación que el director John Byrum hizo de la novela de Somerset Maugham.  De esta película me impactaron dos cosas.  La primera, reconocer un lugar en el que yo había estado tan solo unos meses atrás: el fabuloso lago Dal, con sus canales y sus casas flotantes, sitos en Srinagar, capital del hindú estado de Cachemira.  La segunda, un sentimiento, un pálpito que en ese momento no hubiera podido definir pero que tuvo ahí su origen y que el paso de los años ha convertido en unas cuantas convicciones: el que te suceda algo grave no te exime de que te pasen otras cosas igual de graves; el que “seas bueno y hagas cosas buenas” no es un salvoconducto para que no sufras serios reveses; la vida no entiende de cuotas de dolor ni de alegría, simplemente sucede y, más temprano o más tarde, a cada uno nos toca nuestra porción.

El año del pensamiento mágico se publicó en Nueva York en octubre de 2005 y recibió The National Book Award en la categoría de no ficción.  Aunque la hija de Joan Didion pareció recuperarse durante la redacción de este libro, murió el 26 de agosto de 2005 a los 39 años.

“En cierta ocasión, cuando todavía estaba en la escuela femenina Westlake, Quintana mencionó lo que a ella le parecía una mala distribución de las malas noticias.  En primer curso de secundaria, había vuelto a casa de un refugio en Yosemite para encontrarse con la noticia de que su tío Stephen se había suicidado.  Dos cursos más tarde, en casa de Susan, la habían despertado a las seis y media de la mañana para decirle que habían asesinado a Dominique.  “La mayoría de la gente que conozco en Westlake ni siquiera conoce a alguien que se haya muerto –dijo- y en el tiempo que yo llevo aquí, ya ha habido un asesinato y un suicidio en mi familia.”
“Al final todo se nivela”, dijo John; una respuesta que me dejó perpleja (¿qué significaba realmente? ¿no podía ser más claro?), pero que a ella pareció satisfacerle.
Varios años más tarde, después de que el padre y la madre de Susan murieran en un intervalo de uno o dos años, Susan me preguntó si recordaba cuando John le dijo a Quintana que, al final, todo se nivelaba.  Le dije que sí me acordaba.
-Tenía razón- dijo Susan.  Así es.
Recuerdo que me sorprendió.  Jamás se me habría ocurrido pensar que John dijera que tarde o temprano a todos nos alcanzan las malas rachas.  Seguramente Susan o Quintana lo habían malinterpretado.  Le expliqué a Susan que John había querido decir que, la gente que pasa malas rachas, tendrá finalmente su buena racha.
-Eso no es en absoluto lo que quise decir- dijo John.
-Yo sabía lo que él quiso decir- dijo Susan.
¿Acaso yo no había entendido nada?”.

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